domingo, 23 de abril de 2017

Sin pueblo no hay revolución

De esa marea de emoción y esperanza que llevó a Hugo Chávez al poder en 1998 hoy no queda nada. Aprovechando las contradicciones del liderazgo político venezolano del momento y su incapacidad para resolver demandas puntuales Chávez se atrincheró, literalmente, en la esquina de la antipolítica y desde allí lanzó una ofensiva demagógica que logró unir en un mismo proyecto a factores de la extrema derecha, la extrema izquierda y sus matices.
No solo factores políticos que habían estado marginados del poder vieron en Chávez una oportunidad para alcanzarlo, también sectores populares y amplios sectores de la clase media venezolana le entregaron al Comandante un cheque en blanco para gobernar un país sumido en la frustración en nombre de un proyecto político que prometía a cada quien lo que quería escuchar.
Pero el sectarismo, el fanatismo partidista y el desmantelamiento del país y sus instituciones comenzaron a alienar a amplios sectores que alguna vez se consideraron chavistas y hoy se rebelan contra las politicas del régimen. Esas masas que muchas veces acompañaron al Comandante a la avenida Bolívar de Caracas hoy se han esfumado.
La crisis social del país, la quiebra economica y la corrupcion masiva han alejado al pueblo del gobierno bolivariano. El régimen aun se mantiene y gobierna gracias al poder represivo de fuerzas militares al mando de operadores chavistas. Entre las fuerzas militares y los colectivos paramilitares armados del régimen parece existir una alianza antinatural para imponerse sobre el resto de la sociedad.
Poco a poco estos operadores chavistas han ido ajustando sus acciones a su nueva condicion de minoría política represiva. Ya el PSUV como partido prácticamente no existe. La llamada alianza del Polo Patriótico esta en desbandada. Lo único que le queda al régimen para sostenerse son las fuerzas militares y los colectivos. El pueblo en general y más específicamente el pueblo chavista ya no tiene razones para apoyar esa revolución.
Los últimos eventos han demostrado que ante la imposibilidad de hacer una movilización significativa de seguidres el régimen ha optado por tratar de impedir y bloquear las marchas de la oposición. Pero lo mas grave de todo es que los pocos elementos que aún se identifican con el chavismo solo lo hacen por miedo o por dinero. El amor y la lealtad de los primeros años están completamente quebrados porque de ser una esperanza nacional el chavismo se ha transformado en una dolorosa pesadilla de la cual todos queremos salir.
Es una ironía histórica que el régimen que se ufanaba en demostrar su influencia mediante elecciones hoy busca cualquier excusa para evitarlas ante la certeza de recibir una merecida paliza electoral.

El régimen y sus operadores civiles y militares se niegan a aceptar la realidad. La realidad es que ya no tienen pueblo ni siquiera para llenar una cuadra del centro de Caracas. Esta es una revolución que se mantiene sobre el miedo, la violencia y la represión. La revolucion bolivariana sin pueblo es una ficción política endeble e insostenible.  

miércoles, 19 de abril de 2017

La calle es la única garantía

Las estrategias políticas prueban su eficacia cuando se sustentan más en las fortalezas propias que en las debilidades del adversario. Apostar los resultados de una operación de envergadura a los errores que pueda cometer la otra parte, es una apuesta que deja decisiones cruciales en manos del azar. Una locura en términos de estrategia, por decir menos.

Uno de los problemas graves que hemos tenido en Venezuela para confrontar el chavismo, ha sido el desdén de quienes lo han subestimado, al punto de creerle incapaz de articular estrategias eficaces para mantenerse en el poder. Subestimamos a Chávez, y este gobernó hasta su muerte. Hemos subestimado a Nicolás Maduro —quien ha demostrado una extraordinaria incapacidad para resolver los problemas de los venezolanos— pero ahí sigue. El país se cae a pedazos, pero el dictador y su pandilla parecen más atornillados que nunca. ¿Por qué?

Porque, aunque nos cueste aceptarlo, Maduro y su camarilla también juegan ajedrez. Nosotros quisiéramos que —por el nivel de maldad y perversidad que tienen— cada acción que emprendan en perjuicio del país, conduzca a su expulsión definitiva del poder. Hemos puesto gran parte de nuestra esperanza para derrotar al chavismo en el fracaso comprobable de su gestión; pero nos hemos quedado cortos a la hora de armar una gran ofensiva política para confrontarlo y derrotarlo.

En otras palabras, el 80% del país repudia el chavismo, pero ellos —con el apoyo inmoral de militares pragmáticos— actúan como una minoría soberbia y arrogante que se impone sin piedad sobre el resto, que es la mayoría. Y aquí seguimos, esperando con ilusión por el siguiente error que cometerá el régimen, con la esperanza de que ese sea el definitivo, el que lleve a su derrocamiento de una vez por todas.

Si somos honestos en el análisis, tenemos que preguntarnos: ¿Por qué el país se levantó en los últimos diez días? ¿Fue acaso el resultado de alguna iniciativa, movilización o propuesta de la oposición política? No. El país se levantó porque el régimen —una vez más, en su tozudez—cometió el error de firmar a través de una sentencia su desconocimiento a la Asamblea Nacional. Esto desencadenó una intensa protesta a escala nacional e internacional que volvió a poner al régimen a la defensiva, y lo obligó a retractarse en su mejor estilo cantinflesco, asegurando que la sentencia no era en serio.

De no haber sido por la “brutalidad” de los magistrados chavistas en el TSJ, no tendríamos al país movilizado; ni estaríamos hablando de la “madre de todas las marchas”. Se presentó la oportunidad, y la oposición actuó con celeridad, como correspondía. Pero más allá de estas escaramuzas, es evidente que no hay ni una agenda de lucha definida (elecciones, transición, liberación de presos políticos, o todo a la vez), ni una estrategia más allá de estos eventos episódicos y coyunturales.

Los errores y las debilidades del oficialismo ofrecen oportunidades que deben ser explotadas por la oposición, pero por sí solas no son suficientes para cambiar la correlación de fuerzas. Es necesario potenciar las fortalezas propias y comenzar a marcar el ritmo y el contenido de la lucha política, en lugar de continuar reaccionando a las estrategias del régimen.  De lo contrario, corremos el riesgo de seguir sin querer su juego, y podemos terminar favoreciéndole.

En estrategia esto tiene un nombre. Se llama ir a la ofensiva, escoger el terreno más favorable para arrastrar al adversario, y derrotarlo allí donde está más débil.

En los últimos meses hemos visto como cada vez que la oposición intenta tomar la iniciativa de la presión organizada y pacífica en la calle, el régimen maniobra y de alguna manera se las ingenia para desmovilizar a sus adversarios. Justamente, cualquier escenario de lucha que implique medición de fuerzas o conteo electoral, pondría en evidencia las debilidades de la dictadura, por lo cual ésta tratará de sabotearla.

La movilización de la calle en los últimos días le vuelve a otorgar un momento estratégico a la oposición, una vez más, para arrinconar al gobierno. En este momento, el gobierno apela —como lo hace en situaciones similares— a su bolsa de trucos viejos y sucios para engañar, ofrecer algo y ablandar la protesta, pero sin tener intenciones sinceras de cumplir sus promesas. Ahora es cuando la oposición debe aumentar la presión e ir a la ofensiva sin tregua. Así el régimen cumpliría sus deberes constitucionales. No porque quiera, sino porque le toca, porque hay fuerzas externas y poderosas que no le dejarían otra opción y lo obligarían a ello.

@humbertotweets

domingo, 16 de abril de 2017

¿Por que no termina de caer?

La situación económica, social y política del país es inaguantable. La descomposición del régimen y su incapacidad para resolver los problemas básicos ha puesto a los sectores más humildes como la carne de cañón de esta masacre. No hay comida, ni medicinas, ni nada que permita llevar una vida digna y decente. Todo lo que abunda en el país es el caos y la desolación. Esto por supuesto se traduce en un repudio militante al régimen de Nicolás Maduro y sus operadores civiles y militares del PSUV.
Conocidos analistas y dedicados encuestadores confirman que el rechazo a Nicolás Maduro y todo lo que signifique Socialismo del siglo XXI es irreconciliable. Millones de venezolanos han sido tocados por la desgracia atribuida al régimen. Cada quien tiene un familiar o una persona conocida que ha fallecido a manos del hampa política o criminal o por falta de medicinas en los hospitales.
El rechazo a Nicolás Maduro supera con creces el 80% de la población. Esto necesariamente tiene que implicar que no solo opositores sino una buena parte de chavistas expresan en forma abierta su desprecio al dictador. Las expresiones de este rechazo ya no son tímidas sino más bien públicas y evidentes. Los más conocidos funcionarios del régimen tienen que salir a sitios públicos protegidos por guardaespaldas y en otros casos tratando de pasar inadvertidos, rogando a Dios que nadie les reconozca para obsequiarles una merecida andanada de insultos.
Hace unos días Nicolás Maduro se vio obligado a adelantar el cierre de una parada militar en el Estado Bolívar ante la presión de miles de personas descontentas con su gobierno que lograron burlar la seguridad militar. Minutos más tarde ocurriría el famoso incidente de San Félix donde los mismos manifestantes le lanzaron objetos e insultos al Presidente.
Los signos están allí. El descontento cada día es mayor y la indignación ante el atropello se multiplica cada hora en la medida que el régimen aumenta la represión. Pero, ¿como se explica que un régimen que actúa como una minoría acorralada y aislada del pueblo siga en el poder? No pocos venezolanos nos sentimos impotentes al ver que la barbarie y la sinrazón parecieran atornillarse más en lugar de caer de una vez por todas.
El título y la pregunta de este artículo son intencionalmente engañosos para provocar un debate. Ningún régimen cae por sí solo. Ni siquiera los que, como este, viven un proceso definitivo de implosión. Los regímenes son derribados y derrocados por fuerzas políticas y sociales que en un proceso de acumulación de energías se hacen más fuertes que el grupo gobernante y logran cambiar la correlación de fuerzas.
A menos que de manera muy ingenua estemos esperando que, por un acto sospechoso de contrición, Nicolás Maduro y sus operadores renuncien al poder y sus bondades no es factible que el gobierno caiga o se venga abajo por sí solo.
El deterioro político e institucional ha puesto al régimen en una situación evidente de debilidad, pero en si mismos no son suficientes para provocar su caída. La caída del régimen no será el resultado de la inercia política, será el resultado de una acción que la provoque por iniciativa de una gran alianza nacional de fuerzas y sectores sociales que vayan más allá de los partidos representados en la MUD y, muy importante, que incluya militares comprometidos con la defensa de la Constitución. Las condiciones objetivas están dadas. Solo falta quien asuma el empujón final. @humbertotweets


miércoles, 12 de abril de 2017

¿Cual es la vía más rápida a Miraflores?

En diciembre de 2015, luego de la apabullante derrota electoral, la dirigencia del PSUV, la cúpula del régimen y el alto mando militar chavista, analizaron los escenarios que se le planteaban al gobierno. La discusión trataba de determinar si el chavismo oficialista estaba frente a una crisis coyuntural que podría enfrentar con respuestas tácticas en el corto y mediano plazo. O si, por el contrario, el régimen enfrentaba una crisis sistémica, estructural y terminal que amenazaba de forma definitiva el futuro de la llamada revolución bolivariana.

En esa jornada de análisis —a la cual no fueron invitados los partidos de la coalición oficial del Gran Polo Patriótico— se impuso el optimismo, la prepotencia y la soberbia, que llevaron a la mayoría de los asistentes a abrazarse a la idea de que la crisis del chavismo oficialista era coyuntural y, por consiguiente, temporal. Que el pueblo, a pesar de sus penurias, seguía en esencia, siendo chavista.

Con el fin de remediar esta crisis temporal, diseñaron una serie de medidas superficiales y cosméticas para, básicamente, seguir en lo mismo, con las mismas políticas. El objetivo era, en ese momento, diferir cualquier conteo electoral que tuviera lugar en un momento más favorable para el régimen, y darse la oportunidad de recuperar el control social a través de las misiones, las bolsas de comida y la represión.

Pero ya el daño estaba hecho. Y aunque entonces era imperceptible para los oficialistas, la afilada punta del iceberg había penetrado en el propio corazón del Titanic chavista para herirlo de muerte, y provocando una hemorragia que aun en abril de 2017 no se detiene.

A estas alturas, nadie duda de que cualquier elección que se convoque libremente y con garantías, bien sea este año, en el 2018 o en el 2020, o cuando sea, la perderá el gobierno dramática e irreversiblemente. Ante esta certeza, el oficialismo ha mutado su táctica coyuntural de diferir las elecciones, a un movimiento estratégico para suspenderlas, y muy posiblemente de allí a cancelarlas en forma definitiva.

Analistas políticos, países aliados del régimen y algunas voces sensatas dentro del chavismo oficialista, han alertado sobre el elevado costo político que tendría esta jugada. Pero pareciera que la cúpula civil y militar del régimen ve en la cancelación de las elecciones la única tabla de salvación, aunque esto signifique literalmente la muerte política de todos.

Cada día se agudiza más la crisis política, social y económica del país. Cada día hay menos dólares para importar comida y medicinas. Cada día, la persecución y la represión aumentan. Y, por supuesto, cada día, el descontento y el rechazo al régimen alcanza niveles históricos.

El gobierno, otrora orgulloso dueño de la calle y con emblemáticos bastiones populares, tales como Petare, Catia y el 23 de Enero, hoy es una minoría reducida a operadores civiles y militares a la defensiva, atrincherados en Fuerte Tiuna, el TSJ y el CNE.

El chavismo como movimiento político fundado por el extinto Hugo Chávez, ha perdido la calle, y hoy es ampliamente repudiado y rechazado en todo el país. Las últimas concentraciones del chavismo oficialista se han realizado en las calles más angostas del centro de Caracas para tratar de engañar a sus propios militantes y mostrarles una foto retocada en Photoshop con puntitos negros.

Por el contrario, a pesar de los errores que ha cometido la oposición y de los ataques deshonestos y despiadados del régimen, las movilizaciones y concentraciones de quienes adversan al gobierno son cada vez más grandes. Al extremo de que caminar y llenar en ambos sentidos buena parte de la autopista Francisco Fajardo de Caracas, se ha vuelto ya una costumbre para los manifestantes. Algo que ni el propio Chávez logró hacer en sus mejores tiempos. La medida de éxito fue establecida en la histórica marcha de la oposición en 2002, que efectivamente copó la autopista. Aún no se ha alcanzado ese nivel, pero cada vez la oposición parece estar más cerca.

Pese a que el régimen siempre amenaza con una contramarcha para tratar de neutralizar a la oposición, la realidad es que se ha quedado muy corto, y su último recurso ha sido movilizar a la GNB y a los colectivos paramilitares para bloquear las principales vías de la ciudad y tratar de sabotear a los opositores.

Quienes en la oposición han planteado la movilización de calle como la única salida frente al régimen, han probado la claridad de sus tesis en la práctica. Con un juego político trancado y sin la voluntad racional del régimen de aceptar el cambio democrático por la vía institucional, sólo la presión popular podrá derrocar a la dictadura.

El camino más directo para llegar a Miraflores no es la avenida Urdaneta de Caracas, ni la avenida Casanova que pasa por el Meliá donde se hicieron las reuniones del falso diálogo, ni la parte más angosta de la avenida Universidad donde oficialismo hace ahora sus escuálidas concentraciones. No. La vía más directa y rápida que conduce a Miraflores es la Autopista Francisco Fajardo, llena de punta a punta con venezolanos enardecidos y con el puño cerrado reclamando sus derechos. ¿Cuánto tiempo le tomará a la oposición llenar la Francisco Fajardo y superar su propio estándar del 2002? ¿Cuántas veces habrá que llenar la Francisco Fajardo para que los militares, finalmente, se inhiban de reprimir a su pueblo y de seguir órdenes ilegales e inconstitucionales de sus superiores?



domingo, 9 de abril de 2017

Diosdado y la vendetta entre chavistas

Cuanto más precaria se hace su posición en el chavismo oficialista más irracional y aturdido se comporta. Diosdado Cabello se ha convertido en el vocero de las ideas más recalcitrantes del chavismo violento, primitivo y minoritario. En su discurso abrasivo los representantes del oficialismo tratan siempre de mantener una relación, aunque sea casual, con la realidad y el sentido común. Muchos de ellos cuidan las formas y aunque abiertamente justifican el régimen y atacan a la oposición cuidadosamente evitan hacer el ridículo. Pero no Diosdado quien aprovecha su aburrido monólogo de los miércoles por VTV para venderse como el chavista más radical.
Detrás de esas afirmaciones cantiflericas anunciando una invasión armada contra Venezuela, el bombardeo del centro de Caracas por parte de los Estados Unidos y las denuncias fabricadas de golpe de estado hay un hombre que se ha quedado solo en el chavismo oficialista y lucha desesperadamente por su supervivencia.  Por eso Diosdado Cabello dice barbaridades que ningún otro chavista se atreve a decir a riesgo de quedar en ridículo ante sus propios compañeros. Ni si quiera Mario Silva lo hace.
El objetivo fundamental del programa de Diosdado Cabello “Con el Mazo Dando” no es destruir la oposición, ni siquiera desacreditarla. ¿Cómo podría ser con un  programa que según cifras de las cableras no tiene una audiencia mayor a 2 mil personas en Caracas? En otras palabras, el programa Zurda Konducta tiene más audiencia que Diosdado Cabello con su bodrio televisivo. No, el objetivo de Diosdado es convencer a los propios chavistas que él es aún una ficha útil y necesaria para el régimen. Que no lo descarten, porque él tiene “algo”.
Diosdado Cabello también se ha empeñado en hacerse acompañar en sus alocuciones de oficiales militares. No se sabe bajo qué condición estos oficiales se prestan para este tipo de acto político o si simplemente lo hacen porque son sus panas. Lo que sí vemos es que están bien entrenados para levantarse y aplaudir cada vez que los enfoca la cámara. ¿A quién pretende intimidar Diosdado rodeándose de militares? ¿A la oposición que sabe perfectamente de lo que él sería capaz? No. Es más probable que ante su minusvalía política y militar Diosdado siga obsesionado en mandarle mensajes al alto gobierno y al PSUV que “él también tiene su gente en las FANB”.
Mientras el régimen se hunde, el chavismo ya está corriendo con el tiempo en negativo. Es la odiosa hora de las negociaciones, pero no las del falso diálogo. Es el momento de negociar quién se salva y quién paga. Nadie quiere pagar por el monumental fracaso de la mal llamada revolución bolivariana, y Diosdado Cabello menos. El pensará, quizás con razón, que sería  injusto hacerlo pagar a él por un fracaso ajeno sin haber tenido la oportunidad que tuvo el afortunado de Nicolás Maduro. Sin embargo, pareciera que su nombre aparece tachado en casi todas las listas confirmando que, por esas incomprensibles intrigas del poder, esta vez se ha quedado solo, sin aliados y con menos amigos que ayer.
Pero Diosdado es obstinado y no se rinde. Cuanto más aislado más parece aferrarse a un sospechoso radicalismo que detrás de sus gritos e insultos trata de ocultar su debilidad en el régimen. No sorprende que la semana pasada Diosdado Cabello se pusiera al frente de los colectivos paramilitares para arengarlos y amenazar de muerte a dirigentes de la oposición despertando suspicacias entre sus propios compañeros. Maduro cuenta con Padrino López, Cabello con los colectivos. La vendetta entre chavistas es inevitable.  @humbertotweets


miércoles, 5 de abril de 2017

Luisa Ortega Díaz al TSJ

Por estos días en Venezuela los eventos se precipitan en horas. Aún no hemos terminado de digerir y analizar unos, cuando ya hay otros que nos obligan a repensar consideraciones preliminares. Las sentencias del TSJ, escamoteando las facultades de la Asamblea Nacional, y la declaración —que para algunos resultó sorpresiva— de la Fiscal General de la República, Luisa Ortega Díaz, denunciando el rompimiento del orden constitucional, confirman la grave crisis institucional que atraviesa Venezuela.

Pero el hilo constitucional se rompió hace mucho tiempo. Todo este desmadre comenzó en diciembre de 2015 cuando el parlamento ilegítimo, destituido electoralmente por el pueblo, cambió la composición del Tribunal Supremo de Justicia. La intención entonces era muy clara: Darle un barniz de legalidad a las acciones de la dictadura.

Así como la victoria de la oposición en diciembre de 2015 tomó por sorpresa al régimen, la arremetida del gobierno contra el nuevo parlamento tomó por sorpresa a la oposición, que pasó todo el 2016 y lo que va del 2017 ensayando formas para enfrentar institucionalmente la nueva situación de facto creada por el gobierno. Muchos de estos intentos significaron retrocesos para la oposición, tales como no designar oportunamente a los magistrados de TSJ ni a la directiva del CNE, y la desincorporación de los diputados por Amazonas.

Todas estas fueron decisiones que tomó la oposición en el parlamento no sin un intenso y nada fácil análisis de costos y beneficios políticos. Al final, estas fueron presentadas al gobierno como una forma de honrar las diligencias de un diálogo engañoso, y mostrar la buena intención de destrabar el conflicto político.

A estos gestos de flexibilidad y buena voluntad política, el régimen respondió como históricamente han respondido los poderes despóticos desde Roma hasta nuestros días: Con más acciones brutales para aniquilar al adversario. Esto demostró que fue un error el año y medio de tregua que la oposición concedió al régimen, al no defender el ejercicio pleno de las funciones de la Asamblea Nacional. Así como lo ha sido negarse a caracterizar al régimen como lo que es: Una dictadura.

Algunos diputados de la oposición en la AN explican en privado que, mientras las FANB estén alineadas con el gobierno, ninguna decisión que tome la Asamblea Nacional será ejecutable en la práctica, porque no hay fuerza institucional para hacerlas cumplir. Esta es la lógica que se ha impuesto en las acciones de la AN. Evitar tomar decisiones que en la práctica sean inejecutables para no poner en evidencia la vulnerabilidad del poder legislativo.

Sin embargo, a la luz de los últimos acontecimientos, la oposición y la AN deberían, a la velocidad del rayo, revisar la lógica que regula sus relaciones con el gobierno.

La afirmación de la Fiscal General Luisa Ortega Díaz sobre el rompimiento del hilo constitucional hay que verla en un contexto más amplio que el de las sentencias aludidas. El estado de derecho está quebrado porque el régimen tiene secuestrados los poderes públicos para saltarse la Constitución y las leyes, y evadir procesos constitucionales como la convocatoria oportuna a elecciones. Y lo que debería seguir a las declaraciones de la Fiscal son acciones concretas para restablecer el orden jurídico que ha sido vulnerado.

Todo esto debería marcar el inicio de una nueva etapa en la lucha democrática, donde la Asamblea Nacional, aunque no tenga por ahora el respaldo institucional de las FANB, comience a ejercer a plenitud sus facultades constitucionales. Empezando por reincorporar a los diputados por Amazonas, destituir a los magistrados del TSJ por violar reiteradamente la Constitución Nacional, y designar una nueva directiva del CNE con rectores imparciales. Esto además de ejercer las funciones de control, vigilancia y sanción de funcionarios públicos civiles y militares que deberían comparecer ante el parlamento a rendir cuentas por sus actuaciones.

Estas medidas están en el marco de lo que establecen la Constitución y las leyes. Ni más, ni menos. Si los militares van a desconocer las acciones soberanas y constitucionales del parlamento, bueno ese será un problema que tendrán que resolver entre ellos mismos.

Por su parte, la Asamblea Nacional debe aprovechar ese nuevo realineamiento de la Fiscal General Luisa Ortega Díaz para invitarla a formar parte de una cruzada por el rescate de la institucionalidad y el estado de derecho, y así darle la oportunidad a esta ciudadana de respaldar sus palabras con acciones correctivas concretas.

Inclusive, la Asamblea Nacional podría ir más lejos y designar a Luisa Ortega Díaz como presidenta del Tribunal Supremo de Justicia para que, desde allí, contribuya a restablecer el hilo constitucional roto y a la vez sea garante de una transición política pacífica, democrática e institucional.

domingo, 2 de abril de 2017

La hora más oscura

En todo el país se respira un aire de indignación y desesperanza. La indignación es la reacción natural a la avalancha de abusos y violaciones de todo tipo perpetradas por el régimen y la impotencia para revertirlas por la vía democrática e institucional. La dictadura bolivariana no solo ha confiscado las libertades individuales también ha saqueado los recursos del país en tal magnitud que no queda para comprar comida ni medicinas. El caos se propaga en todos los ámbitos y el cinismo del régimen se convierte en una abierta provocación a un pueblo que ha sido ultrajado moral y físicamente.

Pero frente a este cuadro de país fallido, gobernado por una dictadura, no hay una respuesta coherente ni estratégica por parte de los partidos de la oposición. Unos confundidos en sus propósitos y otros obnubilados por el poder siguen tanteando formas para tratar de enfrentar con éxito la dictadura. Luego del magnífico triunfo electoral de diciembre de 2015 las fuerzas de la oposición se han ido debilitando lentamente en buena medida producto de sus propias contradicciones más que por las maniobras del régimen. La falta de una respuesta política contundente frente a la dictadura ha dejado a la lucha democrática a la deriva y a la sociedad sumida en la desesperanza donde pareciera que no importa lo que se haga esto no va a cambiar.

La reciente decisión del TSJ anulando de hecho el funcionamiento de la Asamblea Nacional no es sino el desarrollo lógico de un proceso que comenzó hace varios años para instaurar una dictadura de nuevo tipo. Esta dictadura no es como las tradicionales y busca ocultar sus pezuñas con un velo de aparente legalidad obsequiado por un poder judicial arrodillado ante la barbarie.

Justamente en respuesta al debate de la OEA sobre la crisis política y social en Venezuela el régimen anuncia que las facultades legislativas de la Asamblea Nacional quedan suspendidas en la práctica mientras continúe el supuesto desacato. Por si hacían falta pruebas de la naturaleza dictatorial del régimen estas ahora no sólo abundantes sino públicas y evidentes.

Esta parece ser la hora más oscura para la lucha democrática en Venezuela. El régimen parece imparable en su intención de llevarse todo por delante y hacer lo que sea para concretar su asalto al poder. La oposición política está confundida, dividida, y distraída. La preocupación de la comunidad internacional se diluye en pasillos y reuniones diplomáticas donde el drama venezolano es solo un tema más de la agenda.  La gente en la calle, abatida, se refugia en la oración y en la esperanza que algún día de cualquier forma esta pesadilla llegue a su final.

Con la escueta intención de combatir el pesimismo y a desesperanza hay quienes se empeñan en ver signos alentadores en medio de la tragedia. Hay quienes dicen que el amanecer siempre viene precedido de la hora más oscura de la noche. Saber si lo que viene después de esto es una falsa luz de bengala, un simple resplandor o un amanecer es una especulación que corresponde al campo de la metafísica política. La realidad concreta, incontrovertida, hoy es que esta es, y sigue siendo, la hora más oscura para todos.  @humbertotweets