domingo, 19 de noviembre de 2017

¿Cómo afecta el default a los militares?

Sin el chantaje de los militares sobre la población civil no estaríamos viviendo esta pesadilla. En una república democrática y de leyes la fuerza armada estaría al servicio de la institucionalidad, no del partido gobernante. Ese no es el caso de Venezuela, donde el chavismo convirtió las FANB en el ala militar de su partido.
El apoyo de los militares al régimen no se fundamenta en una posición política ni en una convicción ideológica. Por el contrario, ese respaldo ha sido cosechado sobre la base de una corrupción masiva que ha pervertido la función de los  militares. Las formas varían según la jerarquía.
Los de rango elevado participan de esquemas complejos de manipulación financiera con bonos de la república, dólares preferenciales y narcolavado. Luego están los que se benefician del manejo de recursos públicos sin ningún tipo de control fiscal. Y en la base de la pirámide están los que no pueden recibir las migajas sobrantes y se les asigna en puestos de control, alcabalas, aeropuertos y aduanas para que extorsionen a los ciudadanos y completen su salario.
Toda esta trama ha enhebrado a cada uno de los oficiales con mando de tropa en las FANB a un nivel de comicidad del cual es prácticamente imposible zafarse a menos que se esté dispuesto a convertirse en testigo protegido del gobierno norteamericano.
El régimen ha sido muy diligente para promover la corrupción masiva en el seno de las FANB y así asegurarse en forma casi automática apoyos y vencer cualquier tipo de disidencia. Esta política de comprar el apoyo de los militares ha funcionado porque que está montada en la naturaleza rentista del estado venezolano que permite el fácil acceso a petrodólares y divisas para su operación.
Pero el colapso financiero de Venezuela podría darle un giro violento e inesperado al apoyo servil de los militares al régimen. Y el default es tan solo uno de los múltiples eventos desencadenantes de ese colapso.  El default es la imposibilidad material que enfrenta la república para pagar sus deudas. En otras palabras las reservas en dólares no son suficientes para pagar los bonos de deuda ni sus intereses. Esto provocará que los acreedores declaren formalmente que Venezuela está en default y esto a su vez lleve al cierre de líneas de crédito y préstamos a la república
Este torniquete financiero tendrá un severo impacto en todo el país y sin duda afectará operaciones de corrupción y narcolavado que permiten el lucro de amplios sectores en las fuerzas armadas. Hasta ahora los efectivos militares han vivido en una burbuja, aislados de la realidad, evadiendo las penurias de la crisis que afecta al resto de los venezolanos. Pero eso está llegando a su final.
El default significa que no habrá dinero real para pagarles a los soldados. Tendrán que pagarles con precarias bolsas de comida. Tampoco habrá recursos para sostener el entramado de corrupción militar que opera desde los más altos niveles hasta alcabalas y aduanas. La complicidad de esas fraternidades será sometida a prueba en una lucha sin cuartel entre los militares que aún tienen acceso al botín y los que no. El default podría provocar una importante fractura en la estructura de una FANB que vive del clientelismo en la corrupción. 


jueves, 16 de noviembre de 2017

Sepelio electoral

Venezuela se ha convertido en un gran cementerio. No es exageración. Ni es metáfora. Es la macabra realidad que nos consume, lentamente, día a día. Millones de venezolanos no tienen comida, ni dinero para comprarla. Tampoco gozan los privilegios de los enchufados, ni corren con “la suerte” de aquellos a quienes les llegan las migajas en bolsas CLAP. A esto hay que agregar la falta de recursos para comprar medicamentos; unos son muy costosos, y otros ni siquiera existen en el mercado local.
Esta imposibilidad de acceso a medicinas y alimentos es la causa directa del deterioro físico y mental de muchos venezolanos. Cuando el detrimento avanza a un estado casi terminal, no hay otra salida que ir a morir a los hospitales, los cuales se han convertido en antros de hacinamiento e insalubridad.
Quienes tratan de sobrellevar estoicamente estas carencias con rigurosas prácticas de austeridad, tampoco logran evitar la fatalidad. La muerte ronda en Venezuela por todas partes, y te puede emboscar en cualquier esquina como violencia política o violencia criminal. El país ha quedado en manos de bandas armadas que te asesinan por pensar distinto o por no llevar dinero suficiente al momento del “arrebatón”. No hay diferencia.
En el estado chavista la muerte y la tortura son usadas como perversos y eficientes mecanismos de control social. Es la única forma en que una minoría como el chavismo puede mantenerse en el poder en Venezuela, a pesar del rechazo del 80% del país. La violencia y el odio son deliberados y adquieren carácter de política de Estado para mantener chantajeada a toda la sociedad.
No se puede negociar con un régimen que no duda un segundo en sacrificar a su propia población civil para seguir en el poder. La muerte como arma política es el resultado de una voluntad definida que no va a cambiar en una mesa de negociación. Voceros calificados del chavismo lo han dicho una y mil veces. Nunca van a entregar el poder, al menos no por las buenas. Y hay que creerles, porque hasta ahora todas las amenazas las han cumplido. En eso no han sido mentirosos.
Enfrentada a esta situación, la alianza de partidos opositores (MUD) prefiere ignorar la nauseabunda realidad; entiende perfectamente que reconocerla obligaría a tomar acciones que no están dispuestos a asumir. Ignorar la realidad prepara el terreno para seguir por el atajo electoral, y ahora, además, por el de la cohabitación. Así, el discurso opositor —abundante en falacias bienintencionadas— se abraza a la muerte en lugar de combatirla, como si después de ese abrazo quedara alguna esperanza de vida.
Detrás de los llamados a votar sin garantías y a negociar sin objetivos con la dictadura, solo se esconde el afanoso deseo de claudicar la lucha democrática y convivir con el régimen, no de enfrentarlo. Y lo más pernicioso es que esos llamados se hacen para, supuestamente, evitar una guerra en la cual, a pesar de lo que digan estos “opositores”, ya estamos metidos. El monopolio de la violencia lo ejerce el régimen y así continuará a pesar de todas las concesiones que hagan los partidos de la MUD.
Que una u otra alcaldía quede en manos de los burócratas del régimen o de los camuflados de la MUD no hace ninguna diferencia en un país saqueado y al borde del colapso económico. Ni resuelve el diario dilema entre la vida y la muerte. Y lo más grave es que la mafia cívico-militar de poder chavista se mantiene intacta como lo ha estado a lo largo de estos dieciocho años. Mientras la MUD y el régimen continúan en su fiesta electoral, democrática y cívica, Venezuela se sigue desangrando. Esto en realidad parece más un sepelio, donde el gobierno y sus colaboradores ponen la urna y el pueblo los muertos.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Definiciones de la nueva oposición

El fracaso político de la Mesa de la Unidad Democrática está determinado por su falta de claridad en los objetivos e incoherencia. La MUD es la heredera de las consignas colaboracionistas de la oposición electorera desde 1999 que se ha reciclado en sus formas en estos dieciocho años, pero que mantiene intacta su táctica de pelear contra el régimen sin un intento real de disputarle el poder.
Hay tres definiciones fundamentales desde la óptica de la oposición al régimen que la MUD falló en identificar desde un comienzo: 1) No caracterizar al naciente régimen de Chávez como una dictadura; 2) No denunciar y enfrentar la Constitución fraudulenta de 1999; y 3) Aceptar la vía electoral como la única para confrontar a la dictadura.
Desde un principio Chávez no disimuló su intención en desmontar las estructuras democráticas para crear un aparato totalitario con barniz democrático. Este ha sido un proceso progresivo que se ha hecho más evidente con el paso del tiempo. La dirección política de la oposición siempre sostuvo que estábamos en presencia de un gobierno autoritario más no de una dictadura. Esta falacia condiciono severamente las posibilidades de articular una estrategia exitosa partiendo de un diagnóstico correcto de la realidad resultando en una irreparable pérdida de tiempo y oportunidades para el cambio.
Aún hoy hay quienes desde la oposición electoral se niegan a llamar a esto dictadura y a estos se suman otros que, aunque usan la palabra, se comportan como si estuviésemos en democracia.
El desmantelamiento del estado venezolano para instaurar el nuevo estado chavista comenzó con la Constitución de 1999 que fue aprobada en abierto fraude a la Constitución de 1961. El hecho de que haya sido aprobada en forma fraudulenta no le da más fuerza. Pero en lugar de denunciarla la oposición partidista se abrazó a ella e hizo de la Constitución chavista su Constitución al punto de defenderla como propia. Importante victoria se anotó el régimen cuando obligó a su oposición a aceptar y defender el documento base de estructura de poder.
Como una consecuencia de lo anterior la oposición en un insólito ejercicio de suicidio político renunció a todas las demás formas de lucha política para privilegiar la participación electoral dentro del estado chavista. Esta participación se ha dado en condiciones de fraude y desventaja que mientras el sistema no cambie jamás arrojara resultados distintos.
Sin embargo, la participación electoral ha sido el señuelo que ha usado el gobierno para poner a la oposición a defender las políticas del régimen. Son los mismos operadores de la MUD quienes llevan adelante el discurso legitimador del régimen que, viniendo de estos “opositores”, logra confundir y persuadir a amplios sectores que genuinamente apuestan por el cambio.
Como era previsible la estrategia política de esa “oposición” ha sido derrotada por la realidad. Las incoherencias y el colaboracionismo de estos operadores ha quedado al descubierto provocando una crisis cuya resolución natural debe ser la desaparición de la MUD, como dirección política de la oposición, para dar paso a una nueva formación política y ciudadana con una agenda de lucha clara y coherente contra la dictadura.
Centrar el debate en nombres de aspirantes y no en tesis políticas también hundirá a los herederos de la MUD que hoy la tratan de reciclar con caras nuevas pero con las mismas estrategias derrotistas que comenzaron en 1999. 


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Unidad de propósito Vs. falsa unidad

Voceros de la extinta MUD solo admiten hablar de la derrota del 15 de octubre como un fracaso electoral. Quienes desde esa oposición escuetamente avalan al régimen, aseguran que el chavismo milagrosamente se recuperó. Otros, más incoherentes, ahora se atreven a pronunciar la palabra fraude pero sin renunciar a sus hábitos electoreros. En uno y otro caso la obsesión con el tema electoral les impide reconocer una derrota cualitativamente más grave: la derrota política.
La agenda de la Mesa de la Unidad Democrática, propuesta desde enero de 2016 para salir del régimen de Maduro, ha venido de fracaso en fracaso. En lugar de acumular fuerzas sociales para lograr una masa crítica que permita derrocar a la dictadura, los esfuerzos se han diluido en escaramuzas electorales, las cuales han terminado desmoralizando a la mayoría del país que se identifica como oposición.
La falta de claridad en el objetivo (transición de gobierno o ruptura con el estado chavista) y su resultante improvisación, ha traído como consecuencia una dramática derrota para la dirección política de la oposición. El no entender que se lucha contra una dictadura con la cual es imposible negociar a no ser que ello signifique entregarlo todo, ha sido parte de la falla de diseño en la estrategia opositora.
Igualmente, el aceptar desde un principio y hasta ahora las reglas de juego del estado chavista consagradas en la Constitución de 1999, ha limitado las posibilidades de crecimiento, fuerza, y coherencia de esta oposición.
Luchar contra esta dictadura se ha reducido a un mero intento de sustituir un gobierno por otro, como si aún estuviésemos en democracia. Esto ha condicionado a la oposición electoral a centrarse más en sus opciones presidenciales que en definir una estrategia común o una política para derrocar al régimen.
Los partidos de la ex MUD siguen operando como franquicias de posibles candidatos presidenciales, quienes lo único que proponen para enfrentar la grave crisis política son su propio nombre y su dudosa capacidad.
La llamada Mesa de la Unidad Democrática siempre veneró con pasión fetichista una supuesta unidad. Lo fue para repartirse las candidaturas en las elecciones legislativas del 2015 y las de gobernadores del 2017. Fue una unidad de letras, siglas y candidatos, pero nunca fue una unidad en torno a una agenda de lucha o una propuesta política de ruptura con el régimen.
Quienes ahora tratan de desmarcarse del fracaso de la MUD hablan de relanzar esa misma unidad, de hacer elecciones primarias y escoger un candidato unitario para ir a las presidenciales de 2018. Sin ni siquiera abordar un debate serio sobre la derrota política, estos partidos (Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular, Un Nuevo Tiempo, Avanzada Progresista y Causa R) quieren pasar la página y moverse rápidamente hacia el único tablero que entienden, el electoral.
La idea de unidad en torno a un candidato presidencial de la oposición para seguir legitimando el fraude político es  falsa, porque no resuelve la verdadera inquietud del 80% de los venezolanos sobre cómo salir de esta dictadura. ¿Qué hacer si se pierden las elecciones presidenciales de 2018? ¿Seguir votando ad infinitum?

El régimen tiene razones para celebrar y alentar la falsa unidad, porque su oportunismo electoral divide y confunde a la oposición. Frente a esta falsa unidad para seguir en lo mismo, debemos convocar a una unidad de propósito, que se articule en una nueva dirección política y sume voluntades en torno al objetivo común: Romper con el sistema del estado chavista consagrado en la Constitución de 1999 y su subproducto consecuencial, la dictadura de Nicolás Maduro. @humbertotweets

domingo, 5 de noviembre de 2017

El fracaso de la oposición oficialista

Una práctica muy frecuente en las dictaduras comunistas ha sido la de fabricarse su propia oposición para drenar la presión social en un clima político controlado y con actores que siguen rigurosamente su guión. Esta es una táctica que le permite al régimen totalitario usar elementos de la propia oposición como agentes políticos, ideológicos y culturales en el sometimiento de una sociedad que renova sus esperanzas de liberación en una falsa ilusión opositora.
Eso ocurrió prácticamente en todas las dictaduras comunistas de Europa del Este donde los regímenes totalitarios tenían una disidencia oficialista que era tolerada por el gobierno y otra que era perseguida a sangre y fuego.
Para su ejecución esta práctica requiere la activa colaboración de operadores políticos “opositores” dispuestos a jugar ese papel en forma creíble ante sus seguidores. Usualmente a estos operadores se les permite un discurso incendiario y aparentemente radical que esconde jugadas políticas más complejas y negociaciones de prebendas con el poder.
La credibilidad de estos agentes infiltrados se convierte en el vehículo legitimador de falacias argumentales que aseguran la hegemonía de la lógica gobernante. Argumentos falsos sacados totalmente del contexto histórico son usados en forma artera para justificar las políticas de la dictadura y lograr el sometimiento de los ciudadanos.
En Venezuela tardamos dieciocho años en comprobar lo que parecía increíble: La oposición política al régimen chavista siempre estuvo en manos de agentes colaboradores del régimen que alentaron la cohabitación disimulada tras un falso discurso de oposición.
En contra de toda la evidencia histórica esa oposición vaciló a la hora de calificar al régimen de Chávez como una dictadura y por comodidad lo bautizó como un “gobierno autoritario.” Algunos operadores apelaron a la exquisita etiqueta de “autoritarismo competitivo” por el solo hecho que participaba en elecciones.
La política de no enfrentar ni denunciar la Constitución totalitaria de 1999 y el empeño en participar en procesos electorales fraudulentos encajaba perfectamente con los planes legitimadores del régimen. En lugar de organizar a la sociedad para luchar en contra de la dictadura esta oposición se dedicó durante dieciocho años a propagar la prédica electoral que terminó desmovilizando y desarticulando a la oposición en su conjunto.
La implosión de la Mesa de la Unidad Democrática en el 2017 es el resultado de la pérdida de confianza y apoyo de la sociedad en unos dirigentes y unos partidos que han quedado completamente al descubierto en su práctica colaboracionista.
Participar en las elecciones de gobernadores y la juramentación posterior de los 4 gobernadores adecos adjudicados fueron actos legitimadores del régimen y su Constituyente. El rechazo a esta política colaboracionista ha sido masivo y de tal intensidad que los partidos de la MUD decidieron no participar “oficialmente” en la elecciones de Alcaldes, aunque terminaron usando tarjetas de otros partidos minoritarios para postular candidatos sin el costo político de decir la verdad.
La nueva dirección política de la oposición que sustituya a la MUD debe estar en manos de los ciudadanos, no de los partidos. Y deberá organizarse no en torno a las aspiraciones presidenciales de un candidato sino en torno a la unidad de propósito de amplios sectores de la sociedad para derrocar la dictadura.-  


miércoles, 1 de noviembre de 2017

De la rendición a la cohabitación

La oposición electoral, representada por la MUD, fracasó en su intento de derrocar a la dictadura por la vía del voto. La MUD es la heredera política de esa oposición ambigua de 1999 y la Coordinadora Democrática, que a lo largo de dieciocho años han sido constantes en participar en elecciones, legitimando al régimen.
La rendición de esta dirigencia opositora ha sido un largo proceso que comenzó con la aceptación de la Constitución de 1999 y todas sus consecuencias. Al lograr reconocimiento a su Constitución por parte de esa oposición, Chávez aseguraba no solo que participara en todos los procesos electorales, sino además el compromiso de aceptar los resultados buenos y malos de los mismos.
Peleando dentro de las reglas del estado chavista no ha sido ni será posible lograr resultados distintos de los ya conocidos. Y es que esa fue la victoria política más importante que Chávez haya logrado en vida: que sus adversarios acepten las reglas de juego de un modelo que no les favorece; pero que, de alguna forma, mantiene viva la ilusión de algún día poder ganar. Es una fórmula muy usada en los regímenes totalitarios de izquierda, que al igual que la dictadura chavista, se ufanan de hacer elecciones todos los años.
Aceptar participar política y electoralmente en este sistema viciado, sin ni siquiera intentar cambiarlo, es el equivalente a una rendición. Así, Chávez ganaba esa guerra “justamente” antes de que iniciara.
La oposición electoral ha hecho todo lo que en democracia hay que hacer para ganar. Hasta ha logrado los votos. Pero no gana, ni ganará jamás. No es posible, porque el mecanismo de fraude está en revisión y actualización permanente para afinar nuevas y más sofisticadas formas, con el fin de que una minoría gane elecciones en condiciones aparentemente legales y técnicamente inapelables.
Incapaces de articular una política de oposición para derrocar a la dictadura, los partidos de la MUD —principalmente Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo— optaron por acoplarse a este nuevo modus vivendi, con la esperanza de que el gobierno cumpla con las adjudicaciones prometidas como pago a su participación electoral.
En otras palabras, la oposición electoral apostó a que el régimen cumpliera lo prometido en las negociaciones.
Deliberadamente, esta oposición electoral decidió ignorar que el gobierno ha venido ejecutando sistemáticamente un plan para no entregar más nunca el poder por la vía democrática. Formas totalitarias como el estado comunal, contenidas en el plan de la patria de Chávez, no son consignas o amenazas; son políticas que están en pleno proceso de ejecución y que la oposición electoral nunca tomó en serio.
Habiendo perdido la confianza de su base, por su ya legendaria incoherencia, lo único que le queda a los partidos de la MUD es asegurar su supervivencia clientelar, y esperar a que un hecho sobrevenido los ponga automáticamente en el poder.
En un país donde no es fácil conseguir dinero para hacer política, estos partidos se ven obligados a sostener la cohabitación con el régimen. Esto implica esperar pacientemente por la adjudicación directa de cargos en la estructura del estado chavista con posterior rito de humillación, tal como ocurrió con los cuatro gobernadores; y ocurrirá con un grupo de alcaldes opositores que seguramente serán designados “electoreramente” por el régimen.
Una oposición que se rindió ante los pies de Chávez desde hace dieciocho años y que hoy da la vida por cohabitar con el régimen madurista, jamás podrá ser alternativa democrática frente a la dictadura.

domingo, 29 de octubre de 2017

¿Por qué rehacer lo que no sirvió?

Los partidos que integran la MUD lloran amargamente la derrota electoral. Reclaman ahora por un fraude electoral que tienen más dieciocho años operando. En realidad parecen reclamarle al gobierno el no cumplirles con las gobernaciones que en alguna negociación les fueron ofrecidas.
La participación en las elecciones de gobernadores y la posterior adjudicación de 5 gobernaciones a candidatos de la MUD es una comedia trágica que sirvió para mostrar la nueva cara del oportunismo político.
Al gobierno quedarle mal una vez más a la oposición oficialista esta no tuvo más remedio que denunciar el fraude. Pero tal como lo advertimos los abstencionarios ya el régimen había logrado su objetivo: reconocimiento para su Constituyente fraudulenta y para el régimen mismo que en la calle tiene más de un 80% de rechazo.
Lo que reclama la MUD en realidad es que no le hayan adjudicado más gobernadores en cuyo caso, conociendo ahora el talante moral de esa dirigencia, no hay duda que todos se habrían juramentado y arrodillado ante la Constituyente. Por eso la MUD reclama hasta en instancias internacionales por esta derrota electoral.
De lo que la MUD no habla ni quiere hablar es de la derrota política, del fracaso de una estrategia electoral que no ha funcionado para la sociedad en estos dieciocho años y sólo le ha dado espacios y prebendas a los partidos de “oposición”.
La derrota política o el fracaso de la forma electoral para deponer la dictadura dentro de las reglas de juego del chavismo es  el debate que debería estar dando esta dirigencia. Pero para evadir su responsabilidad prefieren hablar del mero fraude electoral y algunos hasta culpar a la abstención por no haber alcanzado las 23 gobernaciones.
La dirigencia de Acción Democrática, Primero Justicia, Voluntad Popular y Un Nuevo Tiempo que sigue colaborando con el régimen y apostando a su legitimación es la que ahora habla de relanzar la la MUD para proteger la unidad. ¿Cuál unidad? ¿La unidad de estafadores y oportunistas que han hecho de su falsa condición de opositores un medio lucrativo de vida? ¿O la unidad para repartirse los beneficios de Derwick y Odebrecht donde las diferencias partidistas desaparecen al calor de la camaradería y la complicidad?
La MUD nunca representó otros intereses que los de los partidos que la integran. Hoy ante la indignación ciudadana estos partidos se ven descubiertos en su estafa y acuden a la socorrida manía de re-hacer y re-lanzar el mismo cuerpo nefasto y corrupto que traicionó a los venezolanos. Relanzar la MUD equivale a seguir con el mismo engaño pero ahora con formas nuevas, quizás oxigenadas por marketing político y redes sociales. Y hacerlo en nombre de  una falsa unidad es el colmo del cinismo.
La lección que tenemos que aprender los venezolanos luego de la quiebra moral de esta dirección política es que la conducción de la lucha contra la dictadura es una tarea moralmente muy exigente para dejarla solo en manos de partidos políticos. Y menos de aquellos que proponen como primer punto en una agenda negociar y colaborar con la tiranía. Nada hay que recuperar ni rehacer de las cenizas de una dirigencia corrupta. Hay que construir y hacer desde abajo un nuevo bloque opositor cuya primera definición política sea convertirse en una sólida alternativa moral frente a la degradación y corrupción del estado chavista.-

miércoles, 25 de octubre de 2017

¡A la MUD se le olvidó cómo hacer oposición!

La tragedia de Venezuela es tener una república en ruinas, gobernada por una dictadura con el rechazo del 80% de la sociedad, y sin una dirección política capaz de lograr el cambio.
No es tan solo lo que dicen las encuestas. En cualquier cola, en la calle, ocho de cada diez venezolanos rechaza y repudia al régimen. Pero la dictadura sigue en el poder, gracias al chantaje militar y a un perverso sistema electoral —refinado en los últimos 18 años— que le otorga todas las ventajas al partido gobernante.
El régimen se anotó una temprana victoria política cuando persuadió a los dirigentes de la oposición de participar en el juego electoral, como si se tratara de una democracia. A través de unas elecciones, cuyo control lo asumió un ente totalmente parcializado, y bajo unas reglas establecidas por la dictadura, el régimen logró darse un necesario barniz de “democracia”. Este camuflaje quedaría tan solo como una caricatura, de no ser por la solícita colaboración de esa oposición que, al participar, se ve comprometida a defender ese perverso sistema electoral.
En ese eterno intento eleccionario se le ha ido el tiempo a la MUD y se ha disuelto la energía de la oposición. En defensa de esa política equivocada, la MUD siempre cancela el debate diciendo que la salida no es violenta. Ciertamente la salida a la grave crisis política y social de Venezuela no está en más violencia, pero tampoco lo es la vía electoral dentro de este fraudulento sistema.
De tanto jugar en el tablero electoral del régimen, a la MUD se le olvidó por completo cómo hacer oposición. Las protestas en la calle este año, por ejemplo, mostraron a una dirección política improvisada y errática; sin saber qué hacer, más que insistir en suicidas manifestaciones a cielo abierto en las autopistas del este de Caracas.
La irresponsabilidad de la MUD redujo la lucha de calle a focos improvisados que dejaron un trágico saldo de miles de jóvenes presos y más de un centenar asesinados por la dictadura. Este desgarrador balance es cínicamente usado por los operadores de la MUD para argumentar que “la calle fracasó”, y así abrirle paso a su tesis electoralista. Ellos reducen el concepto de lucha ciudadana de calle a una manifestación improvisada, en lugar de hacer un intento serio y honesto de organizar al 80% de la sociedad más allá de los partidos, con una agenda de lucha para derrocar a la dictadura. Este habría sido el sentido correcto de “lucha de calle”.
Una demostración de “calle” que tiró por el piso las tesis de la MUD fue el resultado de la consulta popular del 16 de julio. La jornada movilizó a millones de venezolanos a las calles de Venezuela a suscribir una agenda política concreta para derrotar a la dictadura. Pero la dirección política de la MUD, mejor entrenada para hacer campañas electorales que para abordar la lucha política, ya había tramado su jugada de ir a las elecciones regionales e ignorar los resultados de la consulta, sin ninguna explicación.
Ahora, con cinco gobernaciones adjudicadas por el régimen, con precisión quirúrgica, y en condiciones de servidumbre, la MUD comenzará a pensar más con la lógica de ser cogobierno que de ser alternativa política.

Operando como más una agencia de franquicias partidistas, la MUD degradó los principios de la lucha política democrática a simples reglas de marketing. Para deponer la dictadura chavista hay que dejar de hacer campañas electorales y comenzar a hacer oposición. 

domingo, 22 de octubre de 2017

La bancarrota de la MUD

La verdadera derrota de la MUD no está en haber perdido la mayoría de las gobernaciones el pasado 15 de octubre. Su derrota es el fracaso de una estrategia improvisada para participar en unas elecciones a última hora, sin ningún tipo de garantías, que solo sirvieron para legitimar a la dictadura.
La decisión de ir a las elecciones de gobernadores era tan suicida como apurada que habría que considerar si efectivamente hubo varios Caballos de Troya del régimen cabildeando para ir en esa dirección. La decisión no fue producto de un debate en el seno de la oposición ni de los partidos de la MUD. Todo parece haber sido el resultado de una conversación informal  precipitada por el anuncio que hiciera Henry Ramos Allup en un programa de televisión.
De allí en adelante la política de la MUD fue una larga cadena de errores e improvisaciones que pretendieron esconder culpando por anticipado a quienes legítimamente llamamos a la abstención. La verdad es que los partidos de la MUD y toda la oposición en general fueron lanzados sin previo aviso por ese barranco electoral sin ningún tipo de previsiones frente al fraude electoral que el régimen había anunciado.
Entre una decisión y otra se confirmaba la dimensión de este mega fraude ejecutado en forma expedita con el peculado de uso por parte del régimen, las reubicaciones masivas en todo el país y el rechazo a las sustituciones de candidatos tal como lo establece la ley. La dimensión de este fraude  fue banalizada por la MUD asegurando que eran tan solo “obstáculos” y convocando el voluntarismo metafísico como su única arma frente al saqueo de votos. Esta política tendría su epílogo en la noche del 15 de octubre con la lastimosa frase de Gerardo Blyde “...lo intentamos”.
El resultado de esta elección es una decisión política del régimen con precisión quirúrgica. 4 gobernaciones adjudicadas para Acción Democrática y una para Primero Justicia, ambos partidos socios informales del régimen y principales entusiastas de las negociaciones. El fraude masivo no logró cuadrar el resultado en la gobernación del estado Bolívar donde la dictadura anuló a la fuerza actas electorales para desconocer el triunfo de Andrés Velásquez frente al silencio y el desgano de la MUD todavía entretenida en culpar a los abstencionarios de la derrota.
La mayoría de los candidatos a gobernador por parte de la MUD ha seguido el guion de aceptar esas derrotas como legales para poder cobrar las 5 gobernaciones que no les fueron escamoteadas. Para tratar de darle algo de consistencia al argumento no les ha quedado más remedio que callar ante el oprobioso fraude electoral y echarle la culpa a quienes no votaron.
Los gobernadores de la MUD serán ahora los encargados de avalar el perverso sistema electoral y demostrarle a un electorado cansado de las mentiras que si es posible derrotar a la dictadura con votos, si no que vean los ejemplos de Mérida, Táchira, Zulia, Anzoátegui y Nueva Esparta. Este es tan solo el preámbulo de lo que será la campaña de la MUD para animar el voto en las elecciones de Alcaldes y seguramente en las presidenciales de 2018, tal como el régimen espera.
Pero la frustración en la calle es mucho más potente que la capacidad de maniobra de la MUD. Hoy hay mucha más gente consciente del fraude electoral del régimen y de la estafa política de la MUD. Por eso el clamor nacional es por la construcción de una nueva dirección política de la oposición, alternativa a la bancarrota política y moral de la MUD, que nos permita avanzar en el objetivo impostergable de derrocar la dictadura. 

miércoles, 18 de octubre de 2017

Fue el fraude, no la abstención

Lo ocurrido el pasado domingo 15 de octubre es una derrota política para la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), con graves consecuencias para la oposición venezolana. No es que el gobierno se haya adjudicado 17 gobernaciones y le haya reconocido 6 a la oposición. Eso era previsible dentro del fraudulento sistema electoral chavista que la MUD mansamente aceptó. La derrota es haber arrastrado, una vez más, a millones de venezolanos en la falsa creencia de que es posible derrocar a la dictadura chavista con votos.
Para justificar esta equivocada línea política, la MUD usó figuras de la intelectualidad y la farándula en una campaña agresiva que pretendía culpar a los abstencionistas de un posible revés electoral. También usaron retóricos operadores para amenazar públicamente con linchamiento político a quienes llamaran a no votar. A lo largo de toda la campaña estos agentes y operadores repitieron el mismo estribillo, condenando la abstención y guardando un silencio cómplice ante las prácticas de evidente fraude electoral que, eufemísticamente, la MUD se limitó a calificar tan sólo como “obstáculos.”
El encaprichamiento de la MUD con esa postura miope llegó hasta altas horas de la madrugada del día 16 de octubre, cuando finalmente la ilusión se hizo a un lado para darle paso a la dramática realidad. Una vez conocida la dimensión de este mega fraude electoral, la MUD — en la voz de Gerardo Blyde— se atrevió a admitir con abundante prudencia y timidez que había “sospechas de fraude”. Sería la única vez que la dirección política de la oposición usaría esa palabra maldita que estuvo ausente en sus discursos a lo largo de toda la campaña, a pesar de todas las evidencias.
Nunca sabremos a ciencia cierta cuántos electores votaron o por cuántos votos fueron elegidos esos gobernadores. Cómo saberlo, si dependemos de un sofisticado sistema fraudulento que está blindado y es inauditable. Lo único que sí sabemos es que el régimen se adjudicó las gobernaciones que quiso y le cedió el resto a la MUD. Esta ha sido su estrategia todos estos años. Ceder unos espacios sin poder real para, a cambio, lograr reconocimiento a todo el sistema político electoral. Y así seguimos.
No hay duda de que en un sistema político con garantías electorales los candidatos de la MUD habrían arrasado en esas elecciones, logrando el 80% de los votos o más, como lo sugieren las encuestas. Pero no en Venezuela, donde el régimen controla todas las fases del proceso eleccionario.
Las gobernaciones que no le fueron escamoteadas a la MUD parecen ser más el resultado de una decisión política con precisión quirúrgica para desmovilizar potenciales focos de protesta, que el reconocimiento genuino a un resultado electoral.
El balance final de la elección de gobernadores es la derrota política de la estrategia improvisada de llamar a votar en dictadura. La desmovilización de la calle, la confusión y la desesperanza que hoy reina en la oposición es el precio de atender a un llamado irresponsable e improvisado para participar en elecciones sin exigir ningún tipo de garantías. Llamado que nunca fue razonado ni argumentado, y que parecía más una emboscada para manipular el genuino deseo de cambio de millones de venezolanos.

El pasado 15 de octubre, millones de venezolanos le dieron crédito a la narrativa de la MUD y acudieron a votar para evitar que la abstención derrotara a sus candidatos. Muchos electores se excusaron públicamente, dijeron sentirse asqueados con el chantaje y votaron con un pañuelo en la nariz, dándole otra vez a la MUD el beneficio de la duda. Esa participación desnudó, una vez más, las mentiras de la MUD. La abstención nunca ha sido el enemigo de la oposición. El verdadero enemigo de la oposición ha sido y siempre será el fraude político y electoral del estado chavista y su Constitución de 1999. Es el fraude que la MUD nunca ha querido enfrentar. Ni siquiera en la noche del mismo 15 de octubre. 

domingo, 15 de octubre de 2017

Transición o ruptura

El debate sobre votar en dictadura y la abstención como una forma de rebelión ciudadana no se acaba el 15 de octubre. Más allá de los resultados nominales que le otorguen a la MUD la mitad o todas las gobernaciones sigue quedando pendiente como saldremos de la dictadura de Nicolás Maduro. Y aún queda sin resolver el problema de fondo que es el reconocimiento público a un sistema político y electoral fraudulento que secuestra la voluntad de los ciudadanos.
Antes de que se contaran los votos de las elecciones del 15 de octubre ya varios voceros de la MUD habían anunciado su próxima jugada para el 2018: Participar en las elecciones presidenciales. Con las mismas falacias que se justificó ir a las elecciones de gobernadores ahora intentarán movilizar los votos para una elección presidencial rodeada de misterio e incertidumbre.
Es una absoluta irresponsabilidad que la MUD siga el sainete del régimen para debilitar a la oposición venezolana. Al igual que ir a las elecciones regionales fue un grave y costoso error político participar en las elecciones presidenciales del 2018 en condiciones obscuras y sin garantías electorales sólo terminará por atornillar a la dictadura.
Para lograrlo el gobierno usa voceros de la oposición como agentes promotores de ese acto público de reconocimiento. Esta política de participar por particular o de votar por votar sin conexión lógica o coherente con una estrategia para derrocar a la dictadura sólo conduciría a niveles más abyectos de servidumbre voluntaria que ya es una realidad en la política venezolana.
Por eso el planteamiento abstencionario que hemos suscrito no es solo como un rechazo al evidente y masivo fraude electoral. También es una propuesta para enfrentar el fraude político orquestado desde 1999 con unas reglas de juego establecidas en esa Constitución y diseñadas para perpetuar en el poder al partido de gobierno.
No es posible ni realista plantearse un cambio de las estructuras fundamentales del estado chavista participando según sus viciadas reglas de juego y dejando intacta sus estructuras de poder. Eso es lo que hemos hecho en estos dieciocho años. Esta ha sido la estrategia de los partidos de la MUD con su tesis de la transición democrática que no es otra cosa que seguir votando dentro de una legalidad inexistente pero con la ilusión de que algún día habrá un cambio.
En contraposición a esta tesis de la transición, que ha fracasado como propuesta  para derrocar la dictadura, surge la tesis de la ruptura con el modelo de estado chavista y todas sus estructuras. Esta tesis implica abordar el cambio político no como un mero cambio de gobierno sino como un cambio profundo de sistema político para corregir las perversiones del modelo chavista y recuperar el equilibrio democrático e institucional.
La tesis de la transición distrae a las fuerzas democráticas en elecciones, con resultados controlados por la dictadura, que inevitablemente conducirán a nuevas formas de cohabitación que le alargan la vida al régimen. 

jueves, 12 de octubre de 2017

Votar a juro

Parte de la tragedia que vive Venezuela es producto de la traición de su clase dirigente. Operadores del régimen que se las ingeniaron para gobernar en contra de la voluntad del pueblo desde 1999 y operadores de una supuesta oposición que les han seguido el juego electoral durante dieciocho años.
Por razones distintas tanto la dictadura como la MUD coinciden en llamar a votar. Para el gobierno es vital no solo mostrar ante el mundo que en Venezuela hay elecciones sino que además hay un reparto equilibrado del poder. Por eso no extrañaría que el régimen le reconozca a la MUD unas gobernaciones para que la MUD a cambio, en nombre de la oposición, siga jugando dentro del tablero viciado y fraudulento del régimen.
Por su parte la MUD se ha planteado ir a estas elecciones a como dé lugar sin ni siquiera exigir las mas mínimas garantías electorales para proteger su propio desempeño. La falta de voluntad política para cumplir con el mandato de la consulta popular del 16 de julio lanzó a la MUD por el barranco de un proceso incierto cuyos resultados dependen más del azar y de la estrategia de la dictadura que de los votos.
Pero la opción electoral que defiende hoy la MUD no es distinta a la que hemos ensayado en estos dieciocho años votando una y otra vez. Tampoco será la última vez que nos pidan ir a votar como un acto público de masoquismo. Ya varios voceros de la MUD han revelado que esto es el preámbulo para ir a las presidenciales del 2018 en iguales o peores condiciones.
La consecuencia más dramática de insistir en una estrategia política suicida es propagar la ilusión de un cambio electoral y la consecuencial desmovilización de la protesta ciudadana. Aunque se diga ad nauseam que el voto es la mejor manera de protestar contra la dictadura la evidencia demuestra todo lo contrario. Sin embargo el espejismo del voto y el cambio político por la vía electoral pone en modo diferido todos los esfuerzos de la sociedad para derrocar la dictadura.
Es legítimo que millones de venezolanos que están contra la dictadura no vean con claridad las bondades de la estrategia de la MUD. En lugar de darles razones para ir a votar se les amenaza y se les chantajea para culparlos de un posible revés electoral. El régimen hace lo propio al negar comida y medicinas a quienes no voten por sus candidatos, degradando la condición humana a niveles de miseria. En el centro de esta dinámica el ciudadano está bajo un asalto permanente por ambos lados para extraerle el voto a como dé lugar. Votar a juro, solo en dictadura.

miércoles, 11 de octubre de 2017

¿El fraude o la abstención?

Millones de venezolanos nos preguntamos qué pasó después del 16 de julio, que la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) cambió de estrategia como cambiar de franela. Hasta ese día la agenda era la renovación del TSJ y el CNE, la conformación de un gobierno de unidad nacional y la convocatoria a elecciones libres. Además, se trataba de una agenda  refrendada por millones de ciudadanos. Sin embargo, por razones que aún no están claras —en forma oscura y sospechosa— voceros de la MUD mandaron recado vía redes sociales de que ahora la línea es participar en la elección de gobernadores. Sin más explicación.

En los días siguientes, la MUD se vería obligada a fabricar un discurso para tratar de explicar una línea política que no todos apoyan y muy pocos entienden. Justificar cómo es que votar en dictadura no es una forma de legitimar y aceptar los designios de la Asamblea Constituyente fraudulenta, ha entrampado a la MUD. La retórica a sus seguidores va desde la oferta de sexo gratis (Bocaranda, dixit), pasando por amenazas de linchamiento político, y llegando hasta calificativos de cretinismo político (Mires, dixit) para quien se atreva a contradecir la orden del G4 de la MUD.

Los políticos astutos de la MUD saben que ir a las elecciones de gobernadores tiene un alto costo político, que tampoco están dispuestos a asumir. Por eso, hábilmente, tratan de diluir su responsabilidad arrastrándonos a todos en su error. Con habitual pescueceo, y en forma socarrona, dicen que si los opositores no votan se pierden las elecciones. En otras palabras, una eventual derrota electoral sería culpa de los opositores que no votaron; no culpa de quienes tomaron una decisión que más se parece a un lance de dados para que el azar decida el futuro de Venezuela.

La única forma de sacarle algo de ganancia a esta azarosa jugada de la MUD es culpando desde ya a la abstención de un  posible revés electoral, y exculpando por anticipado al CNE del masivo fraude electoral para producir un resultado a la medida de la dictadura. Sabemos de los detalles del fraude electoral porque los propios técnicos de la MUD, en forma enjundiosa, nos han ilustrado al respecto. Han hecho una larga lista de todas las irregularidades y mecanismos que permiten cambiar el resultado electoral; pero aun así y sin exigir ningún tipo de garantías, la MUD acepta la situación y nos pide votar.

Ante la disyuntiva de responsabilizar a la dictadura del fraude o culpar a la abstención de un revés electoral, la MUD prefirió lo segundo. En lugar de razonar su posición política o asumir la responsabilidad de su error, la MUD decide linchar moralmente a quienes legítimamente vemos en la abstención una forma de votar contra la dictadura. El discurso típicamente fascista que amenaza con marcar a quienes llamen a la abstención, copia el tono y estilo del chavismo más soberbio y primitivo.

Al llamar a votar en forma apresurada e improvisada, y centrar toda su campaña contra la abstención, la MUD no hace otra cosa que trabajar para los intereses del gobierno en legitimar y justificar un sistema electoral basado en el fraude. Al tratar de defender un resultado nominal favorable en las elecciones del 15 de octubre —cualquiera que éste sea— la MUD se verá precisada a defender ese sistema político y electoral en su conjunto.

Satanizar la abstención opositora y convivir con el fraude electoral es el preámbulo de una cohabitación política mas formal y menos discreta entre la dictadura y la oposición oficial.


domingo, 8 de octubre de 2017

¿Hacia dónde nos lleva la MUD?

Este es un debate que se ha diferido por más de dieciocho años. Desde 1999 los partidos de oposición han controlado en forma exclusiva la estrategia y la agenda para salir de la dictadura. A diferencia de otros países y experiencias donde la oposición a la dictadura desembocó en amplias y exitosas alianzas de fuerzas políticas y sociales, en Venezuela siempre han sido los partidos los únicos que han monopolizado la forma como se enfrenta al régimen. Esto ha hecho que la lucha contra la dictadura se haya desdibujado desde un comienzo para reflejar los intereses clientelares de esos partidos y no los de la sociedad en su conjunto.
Esto ha sido el resultado de un voto de confianza o más bien de un cheque en blanco que la sociedad le dio a esos partidos. Primero fue la Coordinadora Democrática, luego la MUD. En uno y otro caso avalamos como apropiada la estrategia de combatir al régimen desde adentro con su único tablero electoral plagado de fraude y manipulación.
En 1999 no enfrentamos la Constituyente de Chávez porque los partidos opositores nos recomendaron prudencia ante el liderazgo chavista. Luego en cada elección en forma paciente y consecuente renovamos nuestra fe en la lucha electoral como la única forma democrática para salir del régimen. Cada elección se movilizaba sobre el reciclaje de las promesas de cambio y las ilusiones de la anterior. Con excepción de la elección parlamentaria del 2005 donde la sociedad obligó a los partidos a no participar siempre hemos atendido el llamado de la oposición electoral al régimen.
El triunfo de la oposición en las elecciones legislativas de 2015 le dio nuevos bríos a la ilusión de un cambio político dentro del estado chavista. Así habría sido si la dictadura hubiese respetado sus propias reglas. Pero no fue así. El régimen amputo los poderes de la AN y desmanteló el estado de derecho, liquidando mecanismos Constitucionales como el referéndum revocatorio. Una clara evidencia que el problema no era ganarle al régimen por la vía electoral. 
Esta dictadura es tan nociva como la oposición electoral que sigue apostando a fórmulas democráticas frente a un régimen que ya no le basta con usar el fraude para imponerse sino que ahora usa las armas. Ir a elecciones en dictadura es una política percibida por amplios sectores de la sociedad como una forma de colaborar y legitimar al sistema de poder chavista que como ya lo ha demostrado no tiene reparos en ceder cargos a la oposición a cambio de legitimidad y así sostenerse por la vía de la cohabitación.
La MUD siempre ha evitado debatir los aciertos y errores de su estrategia frente al régimen. En esto no tiene nada de democrática, por el contrario ir a las elecciones regionales fue una imposición a golpe y porrazo a los millones de ciudadanos que le dimos un voto de confianza en la consulta popular del 16 de julio. Con esta decisión improvisada la MUD se apartó de la agenda de lucha aprobada por los ciudadanos y retrocedió a sus habituales resabios colaboracionistas con el régimen.
Esta manera cortoplacista y clientelar de hacer oposición es la que nos ha arrastrado a legitimar con el voto al régimen en estos dieciocho años, elección tras elección. Si lo permitimos, la MUD nos llevará a un estado de postración  y servidumbre voluntaria  a un régimen que de otra forma ya habría caído.  

jueves, 5 de octubre de 2017

Lo que se gana y se pierde al votar en dictadura

El conflicto que la MUD le ha planteado a la oposición en Venezuela de votar en las elecciones de gobernadores o atenerse a las consecuencias es un dilema falso y perverso. Ante la ausencia de una lógica que explique racionalmente este grave error se apela al chantaje emocional para hacer sentir culpable al elector opositor. Si no votas eliges un gobernador chavista.
Esta falacia está montada sobre una mentira más grande aun. Si eliges a un  gobernador de oposición se debilita la dictadura y hasta, con suerte, podría caer.
Lo que no dice ese discurso es que si quieren defender esos espacios de lucha los gobernadores opositores tendrán que reconocer la autoridad de la Constituyente, tal como lo hizo públicamente el rector del CNE Luis Emilio Rondón, o sean destituidos.
¿Que se gana realmente al lograr 9, 15 o 20 gobernaciones? ¿Demostrar una vez más lo que todo el mundo ya sabe o sea que la oposición en Venezuela es una sólida mayoría? ¿No fue eso lo que hicimos en las elecciones del 2015 al ganar 112 diputados en la Asamblea Nacional? ¿Lograron esos 112 puestos de lucha debilitar al régimen?
Al perder las elecciones del 2015 el régimen puso en marcha un plan para descabezar a la oposición. Entre engaños y negociaciones secretas el gobierno llevó a la misma MUD a mutilar su mayoría calificada en la Asamblea Nacional y a posponer decisiones vitales como la renovación del TSJ y el CNE. El control absoluto del parlamento no logró ni siquiera activar mecanismos constitucionales como el referéndum revocatorio.
Esto ocurre porque la MUD prefiere seguir jugando en el único tablero que propone el régimen: El enmarcado dentro de los límites de la Constitución y el estado chavista. Para jugar en este tablero la dictadura hace algunas concesiones simbólicas (gobernadores, Diputados, Alcaldes, Concejales) pero que no implican transferencia de poder real y menos aun cambio político. A cambio el régimen exige y la MUD concede reconocimiento a un sistema de poder que hace elecciones pero donde todo sigue igual.

Elegir gobernadores de oposición que no podrán cumplir con sus promesas, como tampoco pudo la Asamblea Nacional, puede ser una ganancia en el corto plazo. Pero esta viene con el alto precio de desmovilizar la calle y reconocer el sistema de poder chavista que va más allá de unas gobernaciones. A larga solo dejará desesperanza y frustración sobre todo entre los más entusiastas defensores de la tesis del voto en dictadura al confirmar una vez más que así es más lo que se pierde que lo que se gana. Tal como lo hemos comprobado en estos dieciocho años. 

miércoles, 4 de octubre de 2017

Dieciocho años votando

¿Quién puede dudar del valor y la eficacia del voto como instrumento para elegir gobernantes o tomar decisiones? En una sociedad democrática con garantías constitucionales, el voto permite resolver importantes conflictos políticos. Pero en un gobierno dictatorial o autoritario, el voto sin garantías y sin un sistema de separación de poderes no es más que un instrumento para la manipulación y legitimación del régimen.

La ausencia de una verdadera separación de poderes en Venezuela, hizo de las elecciones una mascarada que le ha permitido al régimen cambiar las reglas de juego a su gusto para fabricar resultados a la carta. El gobierno ha controlado y sigue controlando todo el sistema electoral sin participación de la oposición. Y cuando ese sistema, cuidadosamente diseñado para favorecerle, comienza a fallar como en el proceso del 2015, el régimen desconoce los resultados y procede a seguir cambiando las reglas de juego.

En Venezuela llevamos ya dieciocho años votando para tratar de salir de este régimen por la vía del voto. Han sido elecciones sin garantías ni transparencia; totalmente manipuladas por una autoridad electoral al servicio del gobierno. A la oposición electoral no le ha quedado más remedio que participar, con la esperanza de que en un momento de sensatez — ¿o debilidad?— el régimen acepte un resultado desfavorable y entregue el poder.

Así ha transcurrido una y otra elección desde 1999 hasta el 2015. Cada jornada electoral se convierte en una nueva oportunidad para renovar las ilusiones y las promesas de un cambio en dictadura, por vía del voto. La variedad de argumentos para llamar a votar en estas condiciones va desde el chantaje implacable a la metafísica bienintencionada. De “si no votas gana la dictadura” a “si todos votamos unidos, ganamos”. Dieciocho años con las mismas promesas y con los mismos resultados, votando.

Se entiende que un pueblo de vocación civilista como el venezolano abrace el voto como primera opción para enfrentar a la dictadura. Pero luego de dieciocho años participando en elecciones organizadas por el régimen y sometida a sus capciosas reglas, la dirección política de la oposición debería comenzar a pensar que hay algo que no funciona con esa estrategia. Lamentablemente, la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) —que ha llevado adelante las estrategias de la oposición hasta ahora—  no acepta el debate ni la crítica para valorar sus errores y aciertos.

Por el contrario, sus decisiones parecen el resultado de estados de ánimo, como ese cambio de “calle, calle, calle” a “vota, vota, vota”, todo de un día para otro y sin anestesia. Participar en las elecciones regionales fue una decisión de la MUD que nunca fue consultada más allá del cogollo de partidos del G4. Menos aún fue el resultado de una consulta amplia a los ciudadanos, como la convocada el 16 de julio. Fue una de esas imposiciones de los partidos a la sociedad en términos gansteriles de “lo tomas o lo dejas porque eso es lo que hay”.

Votar en dictadura, sin claras garantías electorales, reciclando cada vez las ilusiones de un cambio a través del voto, es lo que hemos hecho en estos dieciocho años. Es lo que nos pide la MUD que hagamos una vez más, sin chistar,  para que la acompañemos en su error, so pena de desatar toda su furia contra el resto de nosotros. Es lo que nos volverá a pedir que hagamos el próximo año para volver a votar en las elecciones presidenciales que se harán  según los dictados de la Constituyente. Y entonces ya no serán dieciocho, sino diecinueve años jugando en el mismo tablero del régimen.