jueves, 24 de agosto de 2017

¿Por qué la MUD no participó en el fraude constituyente?

Las críticas que se le hacen a la Mesa de Unidad Democrática desde la oposición son el resultado de la frustración que hay en la calle con una política que no logra derrocar a la dictadura, a pesar de que ésta tiene al 80% de la sociedad en contra. No solo hay que evaluar el contexto objetivo que sostiene a la dictadura sino también las estrategias de lucha que se han empleado para confrontarla, y determinar si han funcionado o no para luego decidir un nuevo curso de acción o seguir en lo mismo.

Este es el tipo de debate que la MUD evade y no se siente obligada a llevar a cabo con sus bases. Asumen que, después del triunfo parlamentario de 2015, tienen un cheque en blanco; y siguen ensayando una y otra fórmula coyuntural para tratar de sacar a Maduro del poder, sin que hasta ahora ninguna haya funcionado. Lo más grave es que además sigue sin rendir cuentas de su gestión política. Por el contrario, continúa pivotante de una jugada a otra, sin evaluar los resultados de la anterior, en lo que más parecen movimientos azarosos que estrategia política.

Esos movimientos erráticos y zigzagueantes tienen su origen bien temprano, en Diciembre de 2015, cuando el régimen ejecutó el golpe de estado, y la MUD fracasó al no calificar la nueva situación política como una dictadura y actuar en consecuencia desde la Asamblea Nacional. Cuando la feneciente Asamblea Nacional, dominada por el oficialismo,  aprovechó las últimas horas de 2015  para nombrar militantes del PSUV en el TSJ y darle todo el control jurídico-legal a la Sala Constitucional, entonces hubo declaraciones contradictorias de parte de la MUD. Se denunció el acto como un golpe a la nueva Asamblea Nacional, pero se falló al no caracterizar la nueva situación política como una dictadura o tiranía.

La miopía en definir la nueva realidad como un régimen dictatorial, puro y simple, probaría ser uno de los errores más grandes de la MUD. Al identificar al adversario tan solo como un régimen autoritario y no un dictadura, la MUD decidía entramparse voluntariamente en el esquema de las reglas de un juego jurídico-legal que no controla; unas reglas que además serían cambiadas por el gobierno a capricho. No ver al régimen como lo que es, una dictadura, es lo que anima a la MUD a sentarse a dialogar y tratar de negociar una transición política, cuando lo que el gobierno hacía era ganar tiempo para atornillarse en el poder y desacreditar a la oposición.

Casi un año más tarde, y luego de repetidos y sucesivos ataques a la ya precaria institucionalidad democrática, a la MUD no le quedaba más que identificar al gobierno como dictadura, aunque en la práctica lo siga tratando más como un gobierno autoritario.

Al fallar en caracterizar oportunamente al régimen como una dictadura, la MUD sentó las bases de lo que sería su futura estrategia: Una lucha estéril dentro del marco legal del estado chavista, debilitada por la incertidumbre y la represión institucional. Esta es la lógica que anima a los partidos de la MUD a declarar, con sospechoso optimismo, que la “única” forma de derrotar al régimen es con votos. No importa que el gobierno controle la autoridad electoral o que desconozca el resultado de las elecciones, como lo hizo con los tres diputados por Amazonas.

Esta lógica de dar la pelea “dentro” del viciado marco institucional chavista llevó a algunos voceros de la MUD, como Henry Ramos Allup, a negar olímpicamente verdades históricas y decir en un programa de televisión que “las dictaduras caen con votos, no con balas”. Esta falacia argumental en realidad trataba de ocultar en forma perniciosa que, ciertamente, luego de que las dictaduras son derrocadas por una conjunción de fuerzas políticas, sociales y militares, entonces el pueblo vota libremente. Pero no antes, como fue sugerido en forma engañosa.

De alguna manera, el régimen de Maduro ya logró su victoria política más importante: el control de la estructura mental de los miembros de la MUD, al convencerlos que el cambio político “sólo es posible dentro de este marco institucional.” Esto lleva inevitablemente a que la MUD asuma que no hay otra forma posible de lucha que la electoral permitida dentro del viciado sistema chavista. Todas las demás, de entrada, están descartadas. Y esta es la victoria más importante para el régimen porque puede adivinar y controlar los futuros movimientos de la MUD.

Siendo consecuente con la lógica que le ha sido impuesta por el régimen, la MUD no quiso esperar a conocer los resultados oficiales del fraude constituyente, ni saber la fecha de las elecciones regionales, ni siquiera saber si podría postular candidatos o no. Mucho antes de que todo eso ocurriera, ya los partidos de la MUD estaban embarcados en sendas campañas para la elección de gobernadores. Para justificar la jugada política ante sus bases desilusionadas, la MUD argumenta que “esos espacios no se le pueden dejar al gobierno”, y sus candidatos aseguran afanados que tampoco importa que la Constituyente les quite atribuciones y hasta elimine las gobernaciones.

Si es cierto que esos espacios no se le podían  dejar al gobierno, ¿Qué llevó a la MUD a no participar en la elección Constituyente, también convocada por el régimen, la cual sería en todo caso una elección mucho más trascendente que la de gobernadores? O sea, ¿qué hace diferente una elección de otra? ¿Por qué participar en una sí, y en la otra no? Si la MUD está dispuesta a confiar en el sistema electoral que regirá las elecciones de gobernadores, ¿por qué no habría confiado en las mismas reglas que regularon el fraude constituyente? Si es realmente honesta la idea de no ceder espacios al gobierno, entonces la MUD ha podido participar en las elecciones de la Constituyente, movilizar sus testigos a todas las mesas y hasta ganar la mayoría de esos espacios. Pero no lo hizo.

La evidente contradicción entre lo que se dice y lo que se hace es una absoluta incoherencia. Y solo se explica por la extraña hegemonía intelectual que la dictadura ejerce sobre la MUD, que la hace dudar de sus propias fortalezas y la obliga a seguir jugando un juego cuyas reglas siempre favorecerán a la dictadura y que nunca podrá ganar.

domingo, 20 de agosto de 2017

Oposición amaestrada

El régimen de Nicolás Maduro está políticamente desahuciado. Perdió todo el apoyo de sus bases y los únicos sostenes que le quedan son una fuerza militar servil y prostituida y una nómina de empleados públicos que solo trabajan para el partido. Pero un gobierno sin base social no podría sostenerse solo con el lumpen civil y militar y en contra del 90% de la sociedad. Se requiere de la colaboración de otras fuerzas que le ayuden a evitar el naufragio y su liquidación definitiva. Y el mejor auxilio solo podría venir de su propia oposición, de las debilidades y contradicciones de un adversario político incapaz de articular una fuerza con las mayorías nacionales para derrocar la dictadura.
Solo mediante una estrategia de mantener bajo control a su oposición es que el régimen ha podido sobrevenir a todas sus crisis políticas desde 1999. Y esto lo han logrado, primero Chávez y luego Maduro, mediante la simple pero efectiva política de la zanahoria y el garrote. Esto es reprimiendo con saña y crueldad a la oposición (garrote)  para luego llevarla a participar electoralmente en una serie de procesos por los cuales jamás llegara al poder (zanahoria).
Esto fue lo que hizo Chávez en el 2002-2003 con las mesas de negociaciones y acuerdos para diluir en las oficinas de Miraflores la potente protesta nacional que con una dirección política más comprometida y coherente ha podido derrotar el régimen. Así pasó con las negociaciones en las cuales el gobierno enredo a la oposición en el 2016. Y así está pasando ahora con las elecciones regionales.
Golpear sin piedad a la oposición para luego hacerla partícipe del juego institucional ha sido una estrategia brillante que le ha permitido al gobierno no solo ganar tiempo y  legitimidad sino también crear un reflejo condicionado en su adversario. La MUD que circunstancialmente ha sido la dirección política de la oposición ha sido amaestrada con la táctica de la zanahoria y el garrote. Esta política la ha convencido que solo puede confrontar políticamente al régimen dentro de límites estrictos y en la forma que este se lo permita.
La falta de coherencia y claridad en la dirección política de la oposición es lo que ha llevado desde el principio a una estrategia derrotista y colaboracionista con el régimen. Esta es la política que aconsejó amputarle los tres diputados de Amazonas a la Asamblea Nacional perdiendo las dos terceras partes. La que pospuso hasta la eternidad la designación del nuevo TSJ y el CNE. La que llevó a negociar un acuerdo con el gobierno a espaldas del país. La misma que no designó un gobierno de unidad nacional como se aprobó en la consulta popular del 16 de julio. Y más recientemente la que mansamente se presenta a unas elecciones de gobernadores cuyo único propósito es legitimar la dictadura.

Es decir, la MUD es “bienportada” y le ha dado suficientes demostraciones de colaboración al régimen. Al mismo tiempo que alentaba las protestas en la calle de estos últimos 100 días se preparaba diligentemente para participar en las elecciones regionales, tal como el gobierno se lo había exigido. En este sentido la MUD ayuda al régimen al propagar la ilusión que solo será posible derrotarlo por la vía de unas elecciones que sólo él controla. Mientras la MUD siga complaciendo al régimen con la esperanza que este cederá electoralmente el poder, entonces la lucha contra la dictadura seguirá entrampada. Una oposición amaestrada, que mueve la cola cada vez que el gobierno muestra la zanahoria, no es lo nos ayudará a conquistar la libertad. @humbertotweets

jueves, 17 de agosto de 2017

La cohabitación entre la dictadura y la MUD

Los días que siguieron al 16 de julio fueron de dramática agonía para los venezolanos. La dirigencia de la MUD comenzaba a lanzar sus globos de ensayo antes de la elección constituyente, para “preparar” a su audiencia frente a una lastimosa secuencia de saltos acrobáticos y piruetas políticas, justificados con “jugar ajedrez en varios tableros” y “no dejarle espacios al régimen”. En otras palabras, un cambio radical en la estrategia de la oposición y una traición a lo aprobado por millones de ciudadanos en la consulta popular (renovación de poderes públicos y la conformación de un gobierno de unidad nacional).

Pero sería el 30 de julio, no el 16, cuando se iniciaría una nueva fase de lucha contra la dictadura, una vez conocidos los resultados del fraude Constituyente. A nadie, ni siquiera a los medios de comunicación, le interesaba saber quiénes habían sido electos. Eso en verdad era irrelevante. La noticia que reclamaba confirmación es que efectivamente, tal como tantas veces el gobierno lo había anunciado, la constituyente oficialista había sido electa contra más del 80% del país. Esto significa que el régimen seguía avanzando en su proyecto de estructurar un estado totalitario de nuevo tipo, soportado por las fuerzas militares y, ahora, con una oposición controlada.

Frente a esta nueva realidad, la MUD adoptó una nueva política que expresa su nueva estrategia de supervivencia: La cohabitación con el régimen. Sin ni siquiera convocarse para un análisis de la coyuntura o rendir cuentas de su actuación pivotaron sin pestañear a la jugada siguiente. Pretendiendo dominar las oscuras artes de los “zorros políticos”, anunciaron que por consenso habían decidido ir a unas elecciones regionales de las cuales tan solo unas semanas simulaban rechazar.

La nueva política de cohabitación con el régimen ha producido una división de hecho de la oposición venezolana. Ya no habrá más unidad hipócrita en torno a las agendas particulares de cada partido de la MUD. De ahora en adelante habrá una oposición oficialista, controlada por el régimen y con carta de buena conducta como generosamente lo ofreció Diosdado Cabello. Y la otra oposición, la que gobierno y MUD coinciden en llamar “radical”, pero que pondrá los presos y los muertos en las faenas que vienen.

La MUD cree que siendo dócil y complaciente con el régimen logrará sobrevivir y pasar agachada durante estos años, hasta que el colapso económico logre lo que ellos políticamente no pudieron. Al menos eso espera. Pero esa apuesta por pelear “dentro del sistema” tiene muchos riesgos. Y uno de ellos es la incertidumbre de no saber si el régimen cumplirá su palabra y no los eliminará cuando llegue el momento. La MUD prefiere aferrarse a esa ficción antes que recordar las innumerables ocasiones en las cuales el gobierno prometió, engañó y no les cumplió.

Pero además, para satisfacer al régimen, la MUD tendrá que tragar grueso, asumiendo que eso sea una incomodidad moral para ellos. Una vez que los partidos de la alianza electoral comunicaron oficialmente su intención de participar en las regionales, el gobierno no tardó en  responder como corresponde a una dictadura: 1) Le prohíbe a la MUD participar en 7 estados; 2) Adelanta las regionales para Octubre, y así le impide a la MUD hacer primarias; 3) Saca al rector Rondón temporalmente del CNE para luego reincorporarlo en condiciones de absoluta sumisión; y 4) Separan las elecciones de gobernadores de la de los Consejos Legislativos regionales, para compensar el poder que perderán en algunos estados que le reconocerán a la “oposición”.

No digamos que por dignidad, porque esto es un asunto entre políticos. Pero por elemental pragmatismo, la MUD ha podido condicionar su participación a una reestructuración del CNE donde haya equilibrio y al menos al respeto de la ley electoral vigente. Pero ya los afiches salían de la imprenta y la campaña de los aspirantes a gobernadores rodaba por las redes sociales.

Esto significa que la MUD no solo aceptó las condiciones de fraude para las regionales de Octubre. Igualmente esta alianza electoral aceptará cualquier migaja que el régimen le tire y la exhibirá orgullosamente como “una victoria histórica contra el fraude del gobierno, y prueba que la única vía para sacarlos es la electoral”; no sin antes propinarle una buena dosis de chantaje emocional al pueblo opositor, a quien soterradamente culparán de la derrota por no haber sido partícipe del engaño de la MUD.

Los gobernadores de la oposición que sean aceptados por el régimen serán minusválidos políticamente. Estarán sometidos a la tutela de los Generales de las ZODI donde realmente estará el poder. Tendrán que resignarse, guardar silencio ante estos militares o soportar los mismos empujones que el infame coronel Lugo le propinó al presidente de la Asamblea Nacional, Julio Borges. Y quienes se atrevan a levantar la voz o encabezar una protesta contra el gobierno, ya sabe que le espera la cárcel sin retorno. Y tampoco habrá poder que los defienda. Menos, por supuesto, una Asamblea Nacional, que para complacer al régimen — bien temprano, en el 2016— renunció a su poder soberano y fue incapaz de defender la integridad de sus dos terceras partes.

La cohabitación política entre el gobierno y la MUD representa únicamente los intereses de una oligarquía de partidos de izquierda y de derecha. Allí no están representados los intereses de los ciudadanos. A esa oligarquía hay que combatirla con la misma intensidad que a cualquier otra tiranía.

jueves, 10 de agosto de 2017

La emboscada de los “pie de página”

En mis cinco años como estudiante de derecho en la Universidad Católica del Táchira nunca tuve un profesor que hiciera preguntas capciosas. Pero siempre escuchaba relatos de otros estudiantes quejándose de que a tal o cual profesor le gustaba sorprender a sus estudiantes con preguntas engañosas o rebuscadas de los textos. Sobre todo, eran particularmente conocidos aquellos que preferían estructurar sus preguntas tomando conceptos ocultos en los “pie de página” que usualmente uno acostumbraba a esquivar.

Esos “pie de página” se parecen en su forma, complejidad y tamaño, a las cláusulas de algunos contratos de garantía de electrodomésticos, redactados en forma tan enrevesada y en letra tan pequeña como para que nadie logre descifrar su contenido.

Cuando leí la tercera pregunta propuesta por la MUD en la consulta popular del 16 de julio, me llamó la atención que, a diferencia de las otras dos, su redacción no era clara en una primera lectura: “¿Aprueba que se proceda a la renovación de los Poderes Públicos de acuerdo con lo establecido en la Constitución, así como la realización de elecciones y la conformación de un nuevo gobierno de unidad nacional?”

Es el tipo de pregunta que hay que leer varias veces para entenderla. Luego de hacerlo, pensé que había entendido su contenido y voté con toda confianza al igual que millones de venezolanos.

Deduje que estaba votando para ratificar mi mandato a la Asamblea Nacional: la renovación inmediata de los poderes públicos, específicamente el Tribunal Supremo de Justicia y el Consejo Nacional Electoral. Aun cuando esto no se decía expresamente —y de hacerlo haría la pregunta mucho más larga— pensé que a eso se refería, porque la mayoría de los integrantes de ambos poderes tienen su mandato vencido.

También supuse que después de la renovación de estos poderes y de la designación de un gobierno de unidad nacional, entonces se convocarían unas elecciones libres. Aunque tampoco se especificaba cuáles, pensé que serían comicios generales para elegir presidente de la República, Asamblea Nacional, Gobernadores y Alcaldes.

Aunque no me gustaba la secuencia establecida en la tercera pregunta (renovar poderes, hacer elecciones, gobierno de unidad), no le di mayor importancia. Pensé que era un aspecto meramente formal, y que quien redactó la pregunta en realidad se refería a un proceso lógico y político de renovar poderes primero, conformar un gobierno de unidad después, y finalmente, ir a unas elecciones libres supervisadas por ese nuevo gobierno.

Como el mandato se le estaba dando en forma expresa a la Asamblea Nacional, no le pregunté a ningún diputado si sería la misma Asamblea la que tomaría todas esas acciones, pues parecía implícito que lo haría el poder legislativo.

Como estamos en situación de guerra, pensé que, por la urgencia del momento, era una impertinencia pedir a los representantes de la MUD que promovieran un debate previo al plebiscito para explicar el significado y el alcance de las preguntas en la consulta popular; sobre todo de la tercera. Además, se trataba de temas que se venían discutiendo públicamente desde hace varios meses; algunos de los cuales, inclusive, fueron ventilados en la propia Asamblea Nacional, como la destitución del Presidente Nicolás Maduro.

Convencido de lo anterior, voté afirmativamente a las tres preguntas, seguro de que le estaba renovando mi apoyo a la MUD y a la Asamblea Nacional que tal vez por falta de apoyo, luego de un año de electa, aun no tomaba esas decisiones.

Una vez conocidos los extraordinarios resultados de la consulta popular del 16J, el discurso político dio un giro de 180 grados. El primero en practicar el malabarismo fue Julio Borges, Coordinador de Primero Justicia, quien, con la mayor espontaneidad y desenfado, le declaró a César Miguel Rondón que “la Asamblea Nacional no está para eso” ¿Para qué? Para nombrar un gobierno de Unidad Nacional tal como millones de venezolanos lo aprobamos en la consulta popular. Y así, con voz grave y serena, explicó que la lucha de ellos era para que fueran los venezolanos quienes eligieran su gobierno, no la Asamblea. Generoso acto de desprendimiento con el cual trataba de evadir lo expresamente aprobado en la consulta.

Luego le tocaría el turno al prestidigitador mayor, Henry Ramos Allup, secretario general de Acción Democrática, quien tres días después de la consulta —frente a la mirada atónita de miles— saca del sombrero del mago un Pacto de Gobernabilidad que no fue otra cosa sino una lista de promesas electorales y frases retóricas para unas elecciones que jamás ocurrirán durante este régimen. El pacto de gobernabilidad fue fabricado a última hora como una forma de compensar públicamente la falta de voluntad para conformar el gobierno de unidad nacional tal como había sido aprobado.

Cuando a Ramos Allup le preguntaron por el gobierno de unidad nacional, respondió escueta y lacónicamente: “Mira chico, tú no sabes lo que estás diciendo, eso no está en la Constitución”. De haberlo dicho antes, le habríamos ahorrado la molestia.

Ahora nos damos cuenta de que las preguntas de la consulta popular venían con pie de página y letra pequeña; además, redactadas en un lenguaje críptico que sólo oráculos de la política criolla como Henry Ramos Allup o Julio Borges nos podrían ayudar a descifrar. Al final, resulta que votamos por algo que no era. Pensamos que estábamos decidiendo una cosa, y ahora los magos de la política nos dicen que es otra. Si ellos lo hubiesen explicado con claridad, seguro los resultados habrían sido muy diferentes.

En Venezuela estamos luchando contra la tiranía y por la libertad. Pero también por una nueva forma de hacer política, donde los derechos de los ciudadanos no sean emboscados por las trampas leguleyas y engañosos “pie de página” de los operadores partidistas de turno.

domingo, 6 de agosto de 2017

Las costosas migajas de la MUD

La profundización de la crisis política ha redefinido con mayor nitidez las posiciones que tratan de confrontar a la tiranía. Detrás del llamado amplio y genérico de luchar contra la dictadura y la tiranía hay una variedad de fórmulas que abordan el cómo hacerlo y qué hacer luego de que se logre.
Estos enfoques diferentes se han hecho más perceptibles en las últimas semanas cuando la MUD tuvo que asumir públicamente sus diferencias. Ya para la convocatoria de la consulta popular del 16 de Julio tuvieron que hacer un enorme esfuerzo de conciliación que permitiera coexistir las tesis de la cohabitación y la confrontación con el régimen. La redacción misma de las preguntas fue hecha en forma ambigua para complacer a todos de manera que después cada parte tendría su propia interpretación de lo aprobado.
La pregunta número 3 fue deliberadamente ambigua: “¿Aprueba que se proceda a la renovación de los Poderes Públicos de acuerdo con lo establecido en la Constitución, así como la realización de elecciones y la conformación de un nuevo gobierno de unidad nacional?” La renovación de los poderes según lo establecido en la Constitución implicaría la designación de los nuevos miembros del Consejo Nacional Electoral y el Tribunal Supremo de Justicia por parte de la Asamblea Nacional. Siguiendo la fórmula de la pregunta luego vendrían unas elecciones bajo la dirección de esos nuevos poderes y la conformación de un gobierno de unidad nacional.
La contradicción surge al quedar claro que la designación de esos poderes no sería más que simbólica (tal como ocurrió con el nuevo TSJ) si no hay una fuerza o gobierno que haga respetar esas decisiones. Esto llevaría a invertir el orden de la fórmula planteada y designar el gobierno de unidad nacional primero, renovar los poderes después,  para luego ir a unas elecciones libres.
La gran mayoría de los ciudadanos que votaron el 16J aseguran haber entendido que su voto era para facultar a la Asamblea Nacional en la designación de un gobierno de unidad nacional o provisional en sustitución del que preside Nicolás Maduro. Sin embargo en los días siguientes declaraciones expresas de Henry Ramos Allup secretario general de Acción Democrática “Eso no está en la Constitución” y Julio Borges Coordinador de Primero Justicia “La Asamblea no es para eso” provocarían el rechazo de cientos de miles de ciudadanos que se sienten traicionados por la MUD.
La negligencia de la Asamblea Nacional en designar oportunamente a los miembros del TSJ y del CNE desde enero de 2016, e incluso luego de la consulta del 16J, y su renuencia en ejercer sus facultades políticas y conformar un gobierno de unidad nacional han generado protesta y decepción. Pero en realidad esta repulsa va dirigida contra la MUD quien en definitiva controla las acciones de la AN y hasta ahora ha mantenido la dirección de la lucha de la oposición contra la dictadura.
Reforzando su tesis de cohabitar con el régimen para derrotarlo (¿?) Ramos Allup confirmó que Acción Democrática presentará candidatos a las elecciones regionales. De un solo manotazo el secretario general de AD, y representante de un sector de la MUD, dejó a un lado la gravedad de las denuncias del megafraude electoral del CNE ahora confirmado por la empresa contratista Smartmatic. Aunque se legitime al régimen este sector de la MUD parece dispuesto a contarse en unas elecciones controladas por el mismo órgano electoral que infló los votos para la Constituyente.
La ilusión o la esperanza de esa jugada es que el régimen, para obtener cierta legitimidad nacional e internacional, no se robe todos los cargos y deje algunos para estos partidos políticos de “oposición.” Con cinismo definen la jugada como “no dejarle espacios al gobierno.” Suponiendo que el régimen cumple con lo que les ha insinuado serían las migajas más costosas de la historia política de Venezuela, porque vendrían al costo de sacrificar la libertad. Quizás por 20 años más.

jueves, 3 de agosto de 2017

El repliegue necesario

La celebración del fraude Constituyente el pasado domingo marca una nueva fase en la lucha contra la tiranía. A pesar de no contar con apoyo popular, el régimen tratará de tomar medidas para cambiar las reglas del juego y continuar en el poder. Esto implica hacerle cambios sustanciales a la actual Constitución para adecuarla al modelo de Estado chavista, y hasta darse la prerrogativa de asumir funciones de gobierno en forma transitoria.

Una Asamblea Constituyente, electa en forma fraudulenta y sin apoyo popular, tampoco logrará respaldo para su producto final. La nueva Constitución que de allí salga, será solo la expresión sectaria del dogmatismo chavista impuesta sobre el resto de la sociedad por gracia de la traición militar a los valores de la república. Al tratar de aplicar este modelo por la fuerza, se creará una crisis que no será posible superar sin un conflicto armado.

Esta nueva coyuntura que apenas inicia, obliga a analizar el balance de lo que se ha logrado, lo que ha costado, y las perspectivas de la lucha por la democracia en el corto, mediano y largo plazo.

Hasta ahora, la Mesa de la Unidad Democrática ha mantenido el monopolio del liderazgo opositor. Esta dirección política está obligada a hacer una pausa, aunque sea por unos días, y rendir cuentas de lo que ha hecho y cómo ha administrado la confianza que se le ha entregado. No se puede seguir descendiendo en un tobogán de improvisaciones, sobre todo ahora que la dinámica de la lucha política deja de ser electoral y entra en un terreno totalmente desconocido para todos nosotros.

La MUD no logró superar sus contradicciones internas ni las impuestas por su propia naturaleza de alianza electoral para lograr la causa libertaria. Esto no es decir que es culpa de la MUD que el régimen haya impuesto su Constituyente. Más bien es decir que lo que hizo la MUD no fue suficiente para lograr detener el fraude Constituyente y, por consiguiente, derrocar al régimen tirano.

Pero ese es un debate que se tiene que dar en el seno de la MUD para rendir cuentas de la misión que le entregaron más de 7 millones de venezolanos y que no pudo cumplir. Tratar de negar ese debate con el argumento de que divide a la Unidad, no ayudará a encontrar el camino más eficiente para salir de la dictadura.

Por otra parte, los grupos que se definen como “resistencia” tienen que calibrar su papel en esta nueva fase. Desde el principio esta ha sido una guerra asimétrica, donde las armas están de un solo lado. Esto ha llevado no a una guerra civil, sino a una masacre de civiles donde los valientes jóvenes de la resistencia y ciudadanos comunes han perdido sus vidas. Pero lamentablemente, aunque esta lucha épica haya mantenido activada la calle, tampoco fue suficiente para derrocar al régimen. La lucha desigual y su sangriento resultado han levantado la condena mundial, pero no hizo retroceder a la dictadura en su brutalidad y saña.

La resistencia también tiene que reevaluar la táctica de enfrentamiento a cielo abierto con las fuerzas represivas, y cambiar a métodos que no expongan innecesariamente las vidas de sus guerreros.
Para el ciudadano común que es víctima del fuego cruzado del fanatismo político, también se inicia una nueva fase marcada por la incertidumbre. Sobre todo, para quienes irse del país no es una opción. ¿Qué hacer ahora? ¿Cómo derrocar a la dictadura? ¿Cómo vivir en un país en caos y sin instituciones? ¿Cómo proteger la vida sin que eso se interprete como un acto de agresión al Estado represor?

Es difícil, casi imposible, tratar de responder a estas preguntas si seguimos haciendo lo mismo que hasta ahora, como si nada hubiese cambiado. Es preferible detenerse por unos días a reflexionar y meditar lo que hemos hecho y hacia donde en realidad queremos ir. Más aún debemos reconciliar nuestras convicciones y decidir si estamos luchando por una simple transición de gobierno o por la ruptura con el modelo de Estado chavista y su Constitución.

La idea bien intencionada de mantener una tisana electoral como dirección política de la oposición, ha probado ser un desastre a la hora de establecer una agenda común de lucha política y una estrategia de poder coherente. Y es que ganar unas elecciones en un sistema autoritario permisivo no es igual a organizar la lucha ciudadana para derrocar un modelo de gobierno tirano.

Parte del balance del resultado y las perspectivas de la lucha por la democracia y la libertad en Venezuela hasta ahora debe incluir un proceso de sincerar las posiciones políticas de cada uno de los factores de la Unidad. Lo deseable es que este debate abra paso a una nueva alianza política y social más amplia, que refleje los intereses de la sociedad, y no los de las agendas particulares de cada partido o de cada precandidato.

Esta nueva formación no debe actuar como camisa de fuerza sobre la sociedad para “encauzar” la lucha democrática. Más bien debe potenciar las energías que ya están latentes en la calle con el objetivo de acumular fuerzas y cambiar la correlación para desmontar el modelo de Estado chavista que nos ha traído a este caos. Para decantar todo esto, es necesario un repliegue táctico, temporal. Hay momentos en la vida y en la historia que hay que hacer una pausa para luego seguir avanzando. Este es uno de ellos.