lunes, 2 de junio de 2025

El dólar innombrable de cada día

            En Venezuela, la contabilidad pública se ha transformado en herramienta de propaganda. Las proyecciones de organismos como la Cepal, que anticipan un crecimiento económico de 4,4% para 2024, son presentadas por el régimen como confirmación de una recuperación en marcha. Pero esa cifra, extraída de estimaciones generales y no de estadísticas verificables, poco o nada dice sobre el país real: ese que sobrevive entre la escasez, la informalidad y un bolívar en fase terminal.

En un país donde el salario mínimo permanece congelado en 130 bolívares —alrededor de 3,5 dólares— desde marzo de 2022, hablar de crecimiento económico raya en el sarcasmo. La mayoría de los venezolanos subsiste gracias a remesas, ingresos en divisas y una economía paralela que el propio Estado simula ignorar.

La dolarización informal, tolerada pero no legalizada, ha permeado todo: desde los servicios odontológicos hasta la venta de gasolina subsidiada. En regiones como el estado Táchira, la moneda oficial dejó de ser el bolívar. El peso colombiano ha sido adoptado de facto en el comercio, el transporte y las transacciones cotidianas. No hay ley que lo respalde, pero la práctica impone su lógica: el bolívar no sirve ni siquiera como referencia.

En este contexto, el dólar paralelo ha sido el único indicador medianamente confiable para fijar precios. Portales como Monitor Dólar Venezuela, Dólar Today, En Paralelo Venezuela, BCV.info y El Dorado se volvieron esenciales para comerciantes y consumidores. Hasta que dejaron de serlo. Desde abril, varios de estos sitios han sido bloqueados o suspendidos, algunos tras amenazas veladas por parte de Conatel. Uno de los casos más comentados fue el del portal El Dorado, obligado a cesar operaciones tras una campaña de presiones que no fue ni discreta ni legal.

El gobierno no ofreció justificación formal, pero su objetivo era claro: contener la exposición pública del verdadero precio del dólar. El dólar de la calle, no el del Banco Central, fijado de manera opaca y con escasa liquidez. En una economía donde más del 60% de las transacciones se realizan en divisas, impedir el acceso a información sobre su valor es tan absurdo como criminal.

El argumento oficial habla de “estabilizar el tipo de cambio” y “proteger la economía”, pero en realidad se trata de reprimir el síntoma para fingir que no hay enfermedad. Lo mismo ocurre con las cifras del BCV, que se publican con cuentagotas y sin el menor sustento técnico verificable. Es una economía dirigida más por decretos que por mecanismos de mercado, y más por miedo que por estrategia.

El espejismo del crecimiento, repetido por burócratas y entusiastas de ocasión, no resiste una verificación elemental. No hay aumento sostenido del consumo. No hay reactivación productiva. No hay crédito bancario. Lo que existe es un leve rebote de importaciones, impulsado por burbujas en zonas específicas, y una élite dolarizada que opera bajo privilegios fiscales y jurídicos. Crece un segmento, sí, pero sobre las ruinas del resto.

Y mientras tanto, el régimen intenta tapar la realidad del dólar tumbando las páginas web que informan su cotización. Como si borrar el precio de la divisa de internet pudiera devolverle valor al bolívar. Venezuela no está creciendo: está desfigurándose. Y el gobierno lo sabe. Por eso prefiere el silencio a la evidencia, y la censura al cálculo. Pero la economía, como la verdad, tiene una persistencia testaruda. No se deja callar por decreto.- @humbertotweets

El dólar innombrable de cada día

            En Venezuela, la contabilidad pública se ha transformado en herramienta de propaganda. Las proyecciones de organismos como la Cepal, que anticipan un crecimiento económico de 4,4% para 2024, son presentadas por el régimen como confirmación de una recuperación en marcha. Pero esa cifra, extraída de estimaciones generales y no de estadísticas verificables, poco o nada dice sobre el país real: ese que sobrevive entre la escasez, la informalidad y un bolívar en fase terminal.

En un país donde el salario mínimo permanece congelado en 130 bolívares —alrededor de 3,5 dólares— desde marzo de 2022, hablar de crecimiento económico raya en el sarcasmo. La mayoría de los venezolanos subsiste gracias a remesas, ingresos en divisas y una economía paralela que el propio Estado simula ignorar.

La dolarización informal, tolerada pero no legalizada, ha permeado todo: desde los servicios odontológicos hasta la venta de gasolina subsidiada. En regiones como el estado Táchira, la moneda oficial dejó de ser el bolívar. El peso colombiano ha sido adoptado de facto en el comercio, el transporte y las transacciones cotidianas. No hay ley que lo respalde, pero la práctica impone su lógica: el bolívar no sirve ni siquiera como referencia.

En este contexto, el dólar paralelo ha sido el único indicador medianamente confiable para fijar precios. Portales como Monitor Dólar Venezuela, Dólar Today, En Paralelo Venezuela, BCV.info y El Dorado se volvieron esenciales para comerciantes y consumidores. Hasta que dejaron de serlo. Desde abril, varios de estos sitios han sido bloqueados o suspendidos, algunos tras amenazas veladas por parte de Conatel. Uno de los casos más comentados fue el del portal El Dorado, obligado a cesar operaciones tras una campaña de presiones que no fue ni discreta ni legal.

El gobierno no ofreció justificación formal, pero su objetivo era claro: contener la exposición pública del verdadero precio del dólar. El dólar de la calle, no el del Banco Central, fijado de manera opaca y con escasa liquidez. En una economía donde más del 60% de las transacciones se realizan en divisas, impedir el acceso a información sobre su valor es tan absurdo como criminal.

El argumento oficial habla de “estabilizar el tipo de cambio” y “proteger la economía”, pero en realidad se trata de reprimir el síntoma para fingir que no hay enfermedad. Lo mismo ocurre con las cifras del BCV, que se publican con cuentagotas y sin el menor sustento técnico verificable. Es una economía dirigida más por decretos que por mecanismos de mercado, y más por miedo que por estrategia.

El espejismo del crecimiento, repetido por burócratas y entusiastas de ocasión, no resiste una verificación elemental. No hay aumento sostenido del consumo. No hay reactivación productiva. No hay crédito bancario. Lo que existe es un leve rebote de importaciones, impulsado por burbujas en zonas específicas, y una élite dolarizada que opera bajo privilegios fiscales y jurídicos. Crece un segmento, sí, pero sobre las ruinas del resto.

Y mientras tanto, el régimen intenta tapar la realidad del dólar tumbando las páginas web que informan su cotización. Como si borrar el precio de la divisa de internet pudiera devolverle valor al bolívar. Venezuela no está creciendo: está desfigurándose. Y el gobierno lo sabe. Por eso prefiere el silencio a la evidencia, y la censura al cálculo. Pero la economía, como la verdad, tiene una persistencia testaruda. No se deja callar por decreto.- @humbertotweets

viernes, 30 de mayo de 2025

La ruta cubana del chavismo

            Durante años se habló de que el chavismo era un ciclo que se agotaría por su propio peso. Que el hambre, la emigración masiva, la corrupción o las sanciones internacionales terminarían por fracturar al régimen. Pero veinte años después, el aparato de poder sigue intacto, y con cada elección controlada, cada opositor inhabilitado y cada negociación fracasada, la realidad se impone: el chavismo no se tambalea. Se afianza.

La razón principal no es un secreto. A diferencia de otros regímenes que caen por divisiones internas o presiones externas, el chavismo ha aprendido a gobernar desde la escasez, a dominar desde la precariedad, a estabilizarse en el colapso. No necesita prosperidad ni legitimidad. Le basta el control. Control del aparato militar, de la justicia, del sistema electoral, de las instituciones. Control del discurso, de las armas y del miedo.

Las sanciones internacionales, lejos de debilitarlo, se han convertido en combustible ideológico. El enemigo externo siempre ha sido más útil que el espejo. Las protestas populares, aunque masivas en el pasado, hoy son sofocadas antes de que prendan. Y la oposición, fragmentada, dividida entre quienes llaman a votar sin condiciones y quienes llaman a no votar sin estrategia, ha sido el mejor aliado involuntario del poder.

Tampoco ha habido una fractura interna significativa. Ni generales reformistas, ni purgas que salgan mal, ni conspiraciones exitosas. El chavismo ha premiado la lealtad y disciplinado la ambición. Las Fuerzas Armadas no son un actor externo al poder: son parte de él. Participan del botín, controlan territorios y economías paralelas, y no tienen incentivo alguno para desmontar el orden que les garantiza impunidad y privilegios.

¿Puede cambiar esta situación? En política nada es eterno, pero algunas estructuras se pudren antes de quebrarse. En el corto plazo, la probabilidad de un cambio real es mínima. En el mediano, dependerá de factores hoy inexistentes: una oposición unificada, una ruptura en el poder, una presión externa con consecuencias reales. Y en el largo plazo, todo dependerá de si el chavismo logra o no trasladar su modelo de dominación a una siguiente generación, si puede o no perpetuar su proyecto sin su círculo original.

Lo ocurrido el 25 de mayo no fue un hecho aislado, ni una simple "irregularidad electoral". Fue otra parada en la ruta. Un paso fríamente calculado hacia la consolidación del modelo cubano, con su partido único de facto, sus elecciones decorativas y su pueblo secuestrado entre la obediencia o el exilio. El chavismo no imita a La Habana: la está reconstruyendo en Caracas.- @humbertotweets

lunes, 26 de mayo de 2025

Venezuela se queda sola

El último estudio de la encuestadora Delphos es una radiografía íntima de la desolación. Un 5% de los venezolanos asegura que se irá del país. Otro 10% dice que probablemente también lo hará. ¿Qué significan esos porcentajes cuando se traducen en cuerpos reales, con piernas, pulmones y documentos vencidos? Significan 3.700.000 personas. Y eso solo contando a los que hoy ya lo tienen claro.

La cifra es brutal. Equivale a casi el 13% de la población actual. Pero en el contexto de la tragedia migratoria venezolana no sorprende: según el Observatorio de la Diáspora Venezolana, más de 9,1 millones de personas han emigrado desde 2013. Casi un tercio del país. Si el plan de huida se cumple —y todo indica que sí—, Venezuela habrá perdido más de 10 millones de habitantes en menos de una generación. Un genocidio demográfico, sin balas.

La lectura que hace el régimen de este fenómeno es muy distinta a la del ciudadano que, cargando un bolso desgastado, trata desesperadamente de huir por cualquier vía. Para el poder chavista, cada emigrante es una solución: una protesta menos, un voto menos, un problema menos. A la Venezuela que quieren gobernar le sobran los venezolanos.

No es nuevo. Desde hace años, el chavismo convirtió la expulsión de población en una política de Estado. No oficial, pero sí eficaz. El sistema premia al que se va con la posibilidad de una remesa y castiga al que se queda con la escasez, la represión o el chantaje del carnet de la patria. El resultado es evidente: se vacía el país y se llena la periferia de exiliados pobres, útiles solo cuando hay que defender pasaportes diplomáticos o exigir “el respeto a la soberanía”.

Y es que gobernar es mucho más fácil cuando la gente ya no está. El chavismo quiere una Venezuela de silencio, sin protestas ni exigencias, apenas habitada por quienes no pueden irse o por quienes prefieren callar. Una isla sin ciudadanos, solo con sobrevivientes. Si acaso, con fantasmas.

En este contexto, hasta los más fieles creyentes de la vía electoral deberían hacer una pausa para reflexionar. ¿Qué significa votar cuando los votantes se van? ¿Cómo se puede hablar de mayorías silenciosas si esas mayorías ya no están en el territorio? El cálculo es perverso: cada año salen del país miles de jóvenes, justo los que deberían renovar el tejido democrático y la resistencia a la tiranía. Pero no hay tejido, ni hay democracia. Hay miedo, hay hambre, hay huida.

Se dirá que la migración es un fenómeno global. Que los italianos emigraron, que los sirios también. Cierto. Pero en Venezuela la migración es programada, dirigida, inducida. Se ha convertido en un instrumento de control social. El que se va, desaparece del mapa político. Y eso es ya es victoria para un régimen cuya única obsesión es perpetuarse sin testigos incómodos.

A esta altura, no es exagerado decir que la emigración masiva ha sido más funcional para el chavismo que cualquier plan de la Fuerza Armada o cualquier acuerdo con la oposición electorera en sus diversas versiones. Los que se van no solo abandonan sus casas; también sus derechos, su participación, su capacidad de resistencia. Mientras afuera levantan techos en Perú o hacen entregas en Bogotá, adentro se consolida la arquitectura del poder totalitario.

Entonces, cuando Delphos dice que un 5% ya decidió irse, y que otro 10% lo está considerando, no estamos hablando solo de cifras de movilidad humana. Estamos hablando de una estrategia de limpieza política. De una amputación demográfica que beneficia al régimen y debilita al país. Los millones que se marchan no lo hacen porque quieren, sino porque ya no pueden vivir aquí. Y esa es, en el fondo, la victoria más obscena del chavismo.

En otros países, los gobiernos luchan por retener a su gente, atraer inversiones, seducir talentos. Aquí, en cambio, se aplaude al que se va: menos ruido, menos colas, menos rebeldía. Un país reducido a un cascarón vacío, con playas baratas para turistas rusos y militares con cuentas en el exterior. Un país sin presente, ni futuro, ni habitantes.

Venezuela no se derrumba con un estallido. Se desangra en silencio, por las fronteras. Y mientras tanto, el poder celebra. Sabe que está más cerca de su utopía: un país vacío, sin ciudadanos, donde el único ruido que se escucha es el de las botas que se arrastran y las puertas que se cierran de golpe.- @humbertotweets

jueves, 22 de mayo de 2025

¿Últimas elecciones directas en Venezuela?

            El 25 de mayo podría quedar marcado en la historia no por lo que se elija, sino por lo que se pierda. No serán elecciones democráticas —eso lo sabemos—, pero quizás sí sean las últimas con apariencia de tal. ¿Por qué? Porque el régimen chavista tiene en marcha su verdadera jugada: desmontar, desde adentro y con su legalismo fraudulento, el modelo republicano venezolano. Lo que viene es el Estado comunal. Y eso no es un eslogan, es una advertencia.

El Estado comunal no es una idea nueva. Aparece camuflado en los textos del Plan de la Patria, en la Ley Orgánica de las Comunas y en las arengas de quienes aún recitan, como en trance, las frases de Chávez sobre el “poder popular”. En esencia, es una copia mal disfrazada del sistema cubano: un andamiaje político sin partidos, sin elecciones directas, sin representación libre. Todo el poder, en manos de una red de consejos comunales, donde el voto será solo un trámite ritual, interno, controlado, sin opciones ni debate. Las comunas no serán órganos de participación ciudadana, sino sucursales del PSUV.

Por eso insisten tanto en “transcender la democracia burguesa”. La idea es eliminarla sin disparar una bala. Las comunas —al estilo cubano— reemplazarán a gobernaciones, alcaldías, consejos legislativos. Y con ellas, desaparecerá la posibilidad de elegir autoridades por sufragio universal. El poder quedará anclado en estructuras de segundo o tercer grado, seleccionadas por el mismo aparato político que controla el sistema desde hace más de dos décadas.

El objetivo es claro: perpetuarse sin disimulo. Si se impone el Estado comunal, no habrá más campañas, ni oposición formal, ni conflicto electoral. Se acabó la política como espacio de confrontación abierta. Se acabó incluso el juego de la alternancia simulada. Quedará solo el consenso obligatorio dentro de los “espacios del poder popular”, con lenguaje de asamblea y control de inteligencia.

Ya lo ha dicho Maduro: “nosotros vamos hacia el Estado comunal y nadie lo va a impedir”. Y no es una frase al aire. Mientras la oposición se divide entre el llamado al voto y la resignación abstencionista, el régimen avanza en lo que de verdad le importa: institucionalizar su dominio en una arquitectura legal que no requiera más elecciones molestas ni sorpresas aritméticas. Una trampa perfecta para capturar al país desde la base.

Frente a esto, el error más costoso sería seguir repitiendo estrategias fracasadas. No hay forma de enfrentar al chavismo sin entender de dónde toma su modelo. Y ese modelo es Cuba. Allí, la ficción democrática se terminó hace más de medio siglo. No hay partidos, ni elecciones reales, ni pluralismo. Solo una maquinaria ideológica que se legitima a sí misma. Eso es lo que Maduro quiere replicar: una dictadura sin disfraces, con comunas en vez de urnas, y obediencia en vez de votos.-  @humbertotweets

lunes, 19 de mayo de 2025

Venezuela necesita sindicatos, no partidos

            Venezuela no tiene salario mínimo. Tiene una ironía escrita en Gaceta Oficial: 130 bolívares al mes, lo que a la tasa actual apenas supera los 2,60 dólares. Un almuerzo, mal servido. Una burla institucionalizada. Y sin embargo, esa es la cifra que el régimen mantiene sin mover desde hace más de mil días, mientras los adultos mayores –la mayoría sin pensión real, sin familia presente y sin medicamentos– salen a las calles a mendigar justicia. A llorar frente a cámaras que no los graban. A gritar con gargantas que apenas conservan voz.

El chavismo se jacta de haber traído inclusión, pero lo que ha sembrado es una miseria tan sistemática como planificada. La cifra de 130 bolívares es solo el símbolo: lo que duele es lo que no aparece en las estadísticas oficiales. La destrucción de toda noción de justicia distributiva, el saqueo de las pensiones acumuladas durante décadas por quienes hoy mueren en soledad, sin techo, sin agua, sin esperanza. La pobreza como política pública. La vejez como castigo.

Mientras tanto, la oposición hace lo que mejor sabe: fragmentarse, dividirse, enfrentarse entre abstencionistas morales y votantes esperanzados. Unos acusan de traición, otros de cobardía. Todos actúan como si el país estuviera en el típico carnaval electoral, cuando lo que hay es una demolición continuada de la república.

¿Y si la política no fuera el camino? ¿Y si la vía para recomponer lo que queda del país ya no pasa por la promesa electoral sino por la organización sindical?

Nadie vota con el estómago vacío. Nadie cree en un programa de gobierno cuando lleva mil días viendo a su abuelo comer arroz solo. La clase trabajadora venezolana, desmovilizada y silenciada durante años, comienza a vislumbrar que tal vez los sindicatos –esos entes que en otros tiempos hicieron temblar gobiernos y derribaron dictaduras– podrían representar más que los partidos. Más organización, menos retórica. Más defensa concreta, menos promesas abstractas.

La protesta de los jubilados y pensionados no fue convocada por la MUD ni por María Corina ni por los influencers del exilio. Fue espontánea. Fue digna. Y fue reprimida. Como todo lo que incomoda al régimen. Pero su lección es clara: cuando la política deja de representar, la sociedad se reorganiza por otras vías. Y tal vez ha llegado el tiempo de que los trabajadores, los maestros, los obreros, los empleados públicos, los profesionales en fuga y los que se quedaron, entiendan que su fuerza no está en un voto que no se cuenta, sino en la capacidad de paralizar lo poco que aún funciona.

¿Sindicalismo en dictadura? Por supuesto. Más aún: sindicalismo en ruinas, en penuria, en hambre. Como en el Chile de Pinochet o en la Polonia del general Jaruzelski. Sindicalismo como resistencia, como estructura subterránea, como red moral y práctica frente a un sistema que ya no gobierna: administra la decadencia. Y lo hace mal.

La revolución chavista aniquiló los sindicatos independientes. Los sustituyó por consejos comunales, brigadas “patriotas” y otros mecanismos verticales de control. El salario fue convertido en limosna. El trabajo, en chantaje. Pero lo que no pudo erradicar del todo es la memoria de la dignidad. Esa que hoy, entre bastones, pancartas de cartón y llanto seco, vuelve a reclamar su lugar.

No es romántico ni idealista decir que Venezuela necesita sindicatos. Es simplemente lógico. Ningún partido opositor ha logrado articular una estrategia coherente en veinte años. Ninguno ha defendido con éxito el derecho de los trabajadores, ni siquiera desde la denuncia internacional. En cambio, un movimiento sindical organizado, incluso en la clandestinidad, incluso disperso, podría hacer lo que la política ha olvidado: defender al ciudadano desde su lugar de trabajo, de sufrimiento, de vida real.

Cuando la política se convierte en espectáculo, y la justicia en instrumento del poder, solo la organización popular puede devolver algo de equilibrio. Y si los partidos no sirven, habrá que prescindir de ellos. O al menos relegarlos. Venezuela no tiene por qué escoger entre chavismo y simulacro. Puede, si quiere, reinventar sus instrumentos de lucha.

Quizás el futuro no esté en un candidato, ni en una tarjeta electoral. Quizás esté en una asamblea de trabajadores, en un gremio docente que se niegue a volver a clases sin sueldo, en un sindicato médico que paralice los hospitales hasta que haya insumos. No porque crean que el régimen escuchará. Sino porque saben que el país ya no aguanta otro fraude, otra humillación, otro mil días de hambre sin respuesta.- @humbertotweets

 

 

jueves, 15 de mayo de 2025

Los fantasmas de la embajada

            En una ciudad sitiada por alcabalas, patrullas y un sistema de delación afinado como orquesta, cuatro opositores salen indemnes de la embajada de Argentina. Como si Caracas fuera Zurich. La narrativa oficial de la oposición habla de una “operación de extracción”. Marco Rubio lo afirma con convicción. María Corina Machado lo repite con fe. El régimen calla. Y los beneficiarios del presunto rescate, mudos.

Los cuatro protagonistas —Pedro Urruchurtu, Humberto Villalobos, Omar González y Magalli Meda— se encontraban refugiados desde marzo. Una quinta, Claudia Macero, había salido de la sede diplomática en agosto de 2024. El edificio estaba rodeado por cuerpos de seguridad del Estado, al menos en el relato público. Sin embargo, una madrugada cualquiera, cruzaron Caracas sin ser vistos, llegaron a Maiquetía y, milagrosamente, abandonaron el país rumbo a Estados Unidos. Nadie supo cómo.

¿Se trató de una operación al estilo hollywoodense, con comandos invisibles burlando alcabalas y satélites? ¿O más bien fue el resultado de una negociación vergonzante entre el chavismo, Washington y una oposición que necesita un nuevo mito fundacional?

La narrativa de los militares patriotas —los mismos que presuntamente ayudaron a María Corina a obtener actas el 28 de julio y ahora colaboran con “extracciones”— es otra ficción recurrente. Esos militares no tienen rostro, ni voz, ni huella. En cambio, los que sí existen, los visibles, los condecorados, son los que sostienen al régimen. Porque no hay chavismo sin uniforme. Y si hay algún resquebrajamiento, aún no se ha visto en los cuarteles, sino en las redes.

El silencio del régimen alimenta la duda. Jorge Rodríguez, que no da puntada sin hilo, ha optado por la omisión calculada. Sólo Diosdado ha aventurado algo parecido a una explicación: pudo haber habido una negociación. Pero no explicó ni qué se negoció ni con quién. Y, como siempre, si habla Diosdado, es porque Rodríguez decidió no hacerlo. El verdadero dueño del circo no suele disfrazarse de payaso.

La hipótesis de la negociación, aunque menos épica, es más verosímil. ¿Qué otra cosa explicaría una salida tan limpia en un país donde detener a una enfermera requiere tres cuerpos de seguridad? Nadie se fuga así sin permiso. Nadie burla al SEBIN si el SEBIN no quiere ser burlado.

Así, la “extracción” funciona mejor como símbolo que como hecho. Sirve a María Corina para fortalecer su relato heroico; a Estados Unidos para decir que sigue en el juego; y al chavismo para probar, otra vez, que controla hasta lo que parece descontrolado. Todos ganan. Menos el país, que sigue siendo víctima de versiones adulteradas y silencios interesados.

¿Se trató de una extracción militar, una negociación diplomática, o simplemente una concesión disfrazada de gesta? Nadie lo conoce con certeza. Lo seguro es que seguimos atrapados en una historia donde la verdad se escamotea con la misma destreza con la que, presuntamente, se escaparon los cuatro opositores.

Y mientras Jorge Rodríguez calla y Diosdado divaga, los venezolanos seguimos preguntándonos quién dirige realmente esta ópera bufa. Porque una cosa es segura: en este circo, el dueño no es el que grita, sino el que escribe los libretos y desaparece tras el telón.- @humbertotweets